jueves, 28 de mayo de 2009

EL OBISPO CAÑIZARES JUSTIFICA LOS CASOS DE PEDERASTIA EN LA IGLESIA

No salgo de mi asombro cuando observo el grado de cinismo al que pueden llegar ciertos representantes de la infame Iglesia católica, concretamente de ese grupo reaccionario llamado Conferencia Episcopal. La desvergüenza a la que nos tienen acostumbrado últimamente los obispos españoles bien merece que, de alguna forma, ya se le ponga freno porque están pisoteando impunemente la dignidad humana, las libertades individuales y el sentido común. Y, sobre todo, parecen olvidar que estamos en un estado democrático y aconfesional, mal que les pese. No sé si las delirantes ideas teológicas provocan cortocircuitos neuronales o es que el alzacuello impide que la sangre riegue bien el cerebro, pero lo cierto es que las declaraciones del impresentable Antonio Cañizares, arzobispo de Toledo, que hace un rato he escuchado en los medios informativos, no tienen desperdicio. Son gravísimas. Utilizar el problema del aborto para tratar de restar importancia y justificar los abusos sexuales que un montón de curas salidos han cometido a unos 35.000 menores en Irlanda, me parece de una irresponsabilidad sin parangón. Es desviar el asunto hacia una cuestión que nada tiene que ver, ya que son problemas muy diferentes. Reconozco que, personalmente, no soy partidario del aborto, pero sí defiendo el derecho de una madre a decidir libremente la interrupción voluntaria de un embarazo no deseado, dentro de los márgenes establecidos por la ley. ¿Que tiene que ver, por tanto, el aborto con esos castigos físicos y abusos sexuales que se han infligido sistemáticamente a niños indefensos? ¿Cómo un obispo se puede permitir mezclar una cosa con otra para así restar gravedad a lo sucedido en Irlanda?... Porque sus palabras son bien claras: "No es comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos colegios con los millones de vidas destruidas por el aborto". Es usted, señor Cañizares, quien compara ambas cuestiones. De camino, podría decir también que no son comparables las víctimas de la inquisición y de las cruzadas con la víctimas del aborto... O sea, un embrión de escasas semanas, que aún no es un ser humano y que ni siquiera tiene la menor actividad cerebral, le produce a estos traficantes de almas más compasión que un pobre niño -un ser humano que piensa y siente-, que está sufriendo terribles abusos sexuales. Semejante dislate clerical es resaltado acertadamente por Fernando de Orbaneja en su obra Lo que oculta la Iglesia (2002): "Según parece, se preocupan del ser durante los nueve meses de gestación, pero una vez nacido, le abandonan a su suerte o sirve como carne de cañón. Durante la II Guerra Mundial hubo campos de concentración y exterminio de niños, pero la Iglesia no levantó siquiera la voz para protestar airadamente". ¿Acaso no se han practicado abortos -y además ilegales- en conventos de monjas?... "El aborto está en desacuerdo con la ley de Dios", decía Juan Pablo II. Y hasta no hace mucho la Iglesia consideraba que es preferible la muerte de la madre en Gracia de Dios antes que abortar. Parece que esa implacable ley divina pasa de largo para los curas pederastas y los abortos practicados a monjas... Una vez más, la hipocresía católica, disfrazada de recta moral, trata de condenar aquello que no es delito y de encubrir aquello que sí lo es. Y creen estos insensibles curitas, faltos siempre de argumentos para afrontar los casos de pederastia que suceden un día sí y otro también en su perniciosa secta, que siguen fielmente a Cristo. Más bien deberían recordar sus palabras, sobre todo las que lanzó contra los fariseos: "¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que sois como sepulcros blanqueados, que por fuera aparecen hermosos, mas por dentro están llenos de huesos y de toda inmundicia!" (Mt. 23, 27)...

martes, 26 de mayo de 2009

LA NOCIVA DROGA DE LA FE (Apuntes para un ensayo ateológico)

"Creer es más fácil que pensar.
He ahí la razón de que haya más creyentes”
(Anónimo)

Las cifras son bastante significativas: según una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) realizada en mayo de 2008[1], el 75% de los españoles se declaran católicos, mientras que los no creyentes y ateos sumamos un 21,6%. De ese porcentaje de católicos (un gran número superan los 65 años), un 56,7% casi nunca asiste a misa y sólo el 1,8% lo hace varias veces a la semana. Es evidente, pues, que el número de creyentes ha disminuido considerablemente en las últimas décadas, lo mismo que su participación en actos religiosos. A su vez, aumenta el número de agnósticos y ateos. Incluso hay muchas personas que deciden darse de baja de la Iglesia, reclamando que se anulen sus datos de los registros bautismales. Son los llamado apóstatas. Desde 2006, la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD) ha recibido más de un millar de peticiones por derecho de cancelación de datos en los libros de bautismo de la Iglesia, ya que dicha institución de poder se niega o pone serias trabas a la hora de tramitar el proceso (me consta por experiencia), a pesar de que los miles de interesados que hemos decidido apostatar voluntariamente estamos amparados por la Ley Orgánica 15/1999 de Protección de Datos de Carácter Personal[2].

La Iglesia reconoce que atraviesa uno de sus momentos más críticos -por su mermada credibilidad pública- y sabe que, aunque mucha gente sigue bautizando a sus hijos, lo hacen más bien por tradición, no por sincera devoción. Es obvio que muchos de esos bautizados, cuando llegan a su edad adulta -prácticamente con la misma escasa información religiosa adquirida durante la infancia-, optan por dejar de lado sus deberes como católicos. Y la Biblia termina expuesta en un mueble como mero adorno. ¿A qué se debe esta situación? ¿Por qué las convicciones religiosas, al menos en occidente, están en constante retroceso? ¿Qué provoca que el número de apóstatas se haya disparado en los últimos años?... Es evidente que el negocio montado por los mercaderes del Vaticano está en declive y por eso salen ahora al escenario asustando al personal con la existencia del infierno eterno[3] y con nuevos pecados capitales que se han sacado de la manga. Esos pastores de almas -traficantes, mejor dicho-, suponen que con tan “atrayente” oferta conseguirán aumentar la clientela. Siempre fueron muy listos, pero últimamente dejan mucho que desear. En este período crepuscular de la Iglesia, el rebaño lo componen unos cuántos fieles que comparten una imperdonable incultura científica y una incomprensible credulidad a prueba de argumentos racionalistas. Y así les va…

La fe siempre fue refugio de aquellos que quieren evitar por todos los medios enfrentarse a la cruda realidad: nuestra finitud. Es preferible imaginar ficticios mundos metafísicos a los que iremos tras la muerte. Con esa ilusoria esperanza, la vida en este valle de lágrimas se hace más llevadera. “La promesa del cielo, donde un Dios infinito cumplirá todos nuestros anhelos finitos, se convierte en un mecanismo que nos persuade para resignarnos a nuestras limitaciones y padecimientos sin buscarles remedio radical”[4], afirma el filósofo Fernando Savater. Pero las supuestas verdades reveladas -esas mismas que muchas veces potencian los más exacerbados fundamentalismos- no descansan sobre ninguna evidencia verificable. Al contrario, se basan en postulados imaginarios cuyo principal fin es reducir la angustia que nos produce la muerte. En el fondo, la fe sirve de consuelo y no se diferencia de otras supersticiones. El miedo, decía el filósofo Spinoza, hace que el hombre sea supersticioso. Lo mismo es portar un crucifico que un amuleto, seguir al papa o a un gurú “new age”. La fe religiosa y las creencias esotéricas cumplen la misma función: ofrecer protección. “Tanto la charlatanería espiritista o esotérica como la verborrea clerical están unidas por hilos invisibles de tácitas complicidades (…) Curas y gurúes se disputan las extensas clientelas de una humanidad que sigue dejándose esquilar como rebaño dócil”, apunta Gonzalo Puente Ojea[5].

Así es, la fe religiosa también pertenece al universo de lo irracional y proviene del pensamiento mágico, contrario a la lógica y a la evidencia. De entrada, la fe se opone al conocimiento. Es más: lo condena, como vemos en el Génesis bíblico. Que la fe sea compartida por millones de personas no convierte en verdaderos los postulados que defiende, como son la existencia del alma o la vida post-mortem. En otras épocas se tenía fe en Odin, Zeus, Osiris o Mitra. ¿Alguien sigue creyendo en tales dioses? Los eclipses, terremotos y tornados eran interpretados por nuestros perplejos antepasados como hechos de naturaleza sobrenatural. Igual que la epilepsia, la catalepsia y los sueños lúcidos. ¿Qué ha quedado de aquellas creencias que tan infantiles nos resultan hoy? ¿Serán consideradas infantiles en un futuro las creencias que hoy aceptamos con total naturalidad?... No olvidemos que los dioses se reinventan cada cierto tiempo, pero todos comparten aquello que aspiramos: inmortalidad, infinitud, perfección, sabiduría… Dios como proyección del hombre. “Los dioses son los deseos del hombre personificados, corporeizados, realizados”, aseguraba Ludwig Feuerbach[6]. Hoy, siguen ocurriendo hechos atribuidos a causas sobrenaturales, como las curaciones que acontecen en Lourdes, por citar un ejemplo. ¿Quedará algo de estas creencias cuando se establezcan con precisión los procesos naturales que desencadenan esas curaciones espontáneas?...

EFECTOS DAÑINOS DE LA FE

Desde Nietzsche muchos ateos han anunciado la muerte de Dios -aunque ya había sido proclamada mucho antes por Descartes-. Pero las ficciones no mueren. Se transforman y se hacen eternas. Puede reducirse el apego a las mismas -como sucede hoy por estos lares-, conforme el conocimiento científico avanza y la sociedad se seculariza, volviéndose algo más crítica y reflexiva, alejándose de la sumisión y obediencia que siempre han reclamado los líderes religiosos como aval para garantizar la salvación de las almas (más bien, el dominio sobre ellas). Las religiones han sido inventadas por el hombre, no por ningún agente sobrenatural. Si así fuera, las pruebas serían abrumadoras y los efectos no serían los que se han visto a lo largo de la historia. Las religiones, a causa de sus teocracias autoritarias, han proporcionado al final más dolor y muerte que consuelo y felicidad. La presunta moral católica -tan propagada por la reaccionaria Conferencia Episcopal Española- es la mayor hipocresía que jamás haya existido. La mujer ha sido, desde el misógino Pablo de Tarso, la gran víctima de esa “sagrada” moral, funesta herencia del sectario monoteísmo judío. ¿Y acaso los mayores abusos, las mayores perversiones, los mayores crímenes y las más crueles guerras no se cometieron en nombre de Dios?. “La existencia de Dios ha generado en su nombre muchas más batallas, masacres, conflictos y guerras en la historia que paz, serenidad, amor al prójimo, perdón de los pecados o tolerancia. Que yo sepa, los papas, los príncipes, reyes, califas y emires no se destacaron en su mayoría por ser virtuosos, puesto que ya Moisés, Pablo y Mahoma sobresalieron, cada un por su parte, en el asesinato, las palizas o las razzias, como demuestran sus biografías”, señala Michel Onfray, autor del interesante Tratado de Ateología
[7].

Dios no estará muerto, pero sí desprestigiado, desmitificado y deconstruido, que es mucho peor. La idea de Dios es tan falsa que se derrumba con un mínimo razonamiento. Dios ya no tiene lugar donde alojarse, salvo allí donde se dan cita la superstición y la superchería. La teología surge de las cloacas de lo irracional, no lo olvidemos. Lo que sí ha muerto es imaginarnos a Dios. Se derrumbó por fin la imagen que construimos de él. Un ídolo falso y demostradamente ineficaz. El desenmascaramiento de Dios ha hecho que el hombre pierda también el temor reverencial que le profesaba, sintiéndose más libre en sus actos, sin tener que rendir cuentas a ninguna potencia celestial. Cuando comenzamos a dudar es cuando comenzamos a sentirnos libres. Estamos condicionados desde pequeño a muchas cosas sin poder tener elección. Entre ellas, la religión. Se nos bautiza recién nacidos ¡mucho antes de aprender a hablar! La Iglesia siempre ha querido pensar por nosotros, decidir por nosotros, resolver las dudas por nosotros. Ellos son los pastores y nosotros las ovejas. Obediencia y sumisión. Jamás se nos educó para pensar y actuar por nosotros mismos. Hemos de seguir la manada. Si te sales de ella y cuestionas las cosas que se te inculcaron, ya eres peligroso. Pero el racionalismo -recordemos que nació con Sócrates- venció a la religión. Lo peligroso era la teología medieval, no la razón. El conocimiento científico volvió a ocupar el lugar que una vez le fue arrancado y las falaces interpretaciones extraídas de la Biblia quedaron arrinconadas de por vida. “La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable, en lugar de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos estos siglos”, afirmó el filósofo Bertrand Russell[8]. De paso, la libertad de conciencia salió victoriosa. Otra celebrada conquista. Desde entonces, la religión permanece en una constante -y ya inútil- lucha para recuperar su poderío y mantener a flote una trasnochada visión metafísica del mundo. “Ante la ausencia de Dios, el mundo recobra realidad. A veces, en el ateo que ha llegado a serlo muy conscientemente es como una súbita iluminación: el mundo recién estrena realidad; le parece ver algo que siempre había tenido delante, pero había desatendido; aprende a asombrarse; el mundo se le 'aparece' como por primera vez, como 'la' realidad; lo que 'hay' es el mundo y nada más; el mundo cobra categoría absoluta, es lo que importa, el supremo valor”[9], escribe Manuel Olasagasti.

Por eso considero que es preferible afrontar la realidad -por muy dura que sea- que vivir sumido en vanas e infantiles ilusiones. La religión proporciona una falsa felicidad. La misma felicidad que ofrece una sustancia psicotrópica. En el fondo, la fe es una droga que nos han inyectado desde pequeño. Es tremendamente adictiva y no es nada fácil escapar a su influjo. Por eso todavía hay tantos enganchados a la fe. Los traficantes de dicha droga se adueñan de la inteligencia y voluntad de los “fideinómanos” (permítaseme el neologismo). Es un precio muy alto el que hay que pagar. La fe nos prohíbe dudar y pedir pruebas respecto a las definiciones dogmáticas. Nos obliga a aceptar argumentos inverosímiles e indemostrables. Si queremos ser creyentes, hemos de dejar a un lado nuestro raciocinio, nuestro escepticismo y nuestra capacidad reflexiva. Fe es responder afirmativamente a todo aquello que nos transmiten quienes se erigen en depositarios de supuestas verdades reveladas
[10]. Las religiones tienen respuestas para todo. ¿Para qué seguir buscando?... Confieso que más que el silencio de Dios -que tan bien plasmó en sus películas el genial Ingmar Bergman-, me preocupa el griterío de las religiones. ¿Acaso tantas cosas tienen que decirnos sobre Dios? ¿De dónde reciben esa información? Que sepamos Dios no tiene hilo directo con los obispos, ni con los rabinos, ni con los imanes… Creo que se dicen demasiadas cosas sobre Dios que sólo sirven para ocultar una cosa: nuestra ignorancia. Todo lo que se diga sobre Dios no son más que meras fabulaciones inventadas para satisfacer las necesidades humanas. Pero el creyente no cuestiona nada, e ignora que teología y mitología van de la mano.

Dios, por tanto, no es más que un recurso imaginario. Se inventó para dar sentido a la existencia y vencer nuestros miedos. El hombre negoció con Dios para salvar su alma. Pero finalmente, nos dejamos embaucar y Dios terminó pisoteándonos (a través de sus representantes, claro). “Nacido en el interior del hombre, este Dios se pone frente a él como un dominador. El hombre viene a ser entonces esclavo de su producto. ¡Dios se ha llevado nuestra dignidad!”, sostiene el psicólogo B. H. Dechesne. Por fortuna, el ateísmo nos devuelve la libertad, acabando con la enfermiza dependencia que produce creer en lo sobrenatural, y que tanto daño neuronal ha causado durante milenios. Dios fue un invento fallido. ¿Asumiremos algún día nuestro error y recuperaremos la dignidad perdida? ¿o seguiremos manteniendo la venda en los ojos?...

La fe siempre obstaculizó el avance científico, luchó contra aquellos razonamientos no avalados por la Biblia y persiguió a quienes pretendían abrir los ojos del vulgo. La fe siempre necesitó de la ignorancia para subsistir. Y utilizó instrumentos como la Inquisición para ejercer su tiranía. De ahí su éxito durante muchísimo tiempo, hasta que en el siglo XVIII llega la Ilustración
[11], trayendo consigo un gran movimiento intelectual por toda Europa. Se vislumbran horizontes luminosos. El hombre recupera el lugar que Dios le había usurpado. La fe cede terreno a la razón. Un terreno robado impunemente a la ciencia, porque la religión -¡qué habilidad ha tenido siempre para meterse en terrenos que no son de su competencia, como la ciencia, la sexualidad o la educación!- se ha atrevido a explicar el origen del universo y de la vida a su manera, pese a que sus argumentos no estén fundamentados en pruebas contrastables. El obsoleto creacionismo -camuflado hoy en esa falacia denominada 'diseño inteligente'[12]-, ha sido derrotado por el evolucionismo, con su más que demostrada selección natural. Y los modelos cosmológicos han dejado en ridículo los ingenuos argumentos teológicos que sugerían seis mil años de antigüedad al universo[13]. Es evidente que la cultura siempre se vio empobrecida por culpa de la fe, lo que motivó siglos de nulo progreso intelectual. Con la Biblia bastaba. Grandes obras filosóficas y científicas figuraron en el Índice de libros prohibidos[14], y muchos de sus autores fueron torturados y quemados. Ese es el amor al prójimo que tanto predicaron los hombres de fe…

Dicho esto, cabe preguntarse: ¿Acaso las religiones han hecho de este mundo un lugar más habitable?... Es una pregunta que los creyentes pocas veces se hacen. Por ningún lado vemos que hayan contribuido al bienestar social, a la unión fraternal de los pueblos o al reparto de la riqueza. Más bien al contrario: han acarreado desgracias y han dividido a los hombres. Sin la existencia de las religiones, es muy probable que el hombre hubiese vivido más pacíficamente y se habría evitado tanto derramamiento de sangre a lo largo de la historia. “La religión fanatizada se convierte en un peligro para la paz mundial”, sostiene el prestigioso teólogo Hans Küng[15].

¿Es posible vivir una vida ética sin religión? Por supuesto. La moral tiene una base biológica, no religiosa
[16]. No me fiaría de alguien que sostuviera lo contrario. Los inquisidores actuaron bajo una moral inspirada en la Biblia. Los terroristas islámicos actúan bajo una moral inspirada en el Corán. Asimismo, hay creyentes de “recta moral” que se regocijan cuando surgen guerras y catástrofes. “Todo esto ya estaba anunciado”, dicen, sin sentir lástima por el sufrimiento ajeno. Echan mano de profecías bíblicas para demostrarnos que Dios está ahí, vigilándonos y castigándonos cuando nos lo merecemos. Los infieles han de ir al infierno. “Es designio de la voluntad divina”, sentencian. Así de cruel es la moral religiosa, que considera que tenemos un destino predeterminado por Dios. Un Dios terriblemente vengativo... Por eso, cuando me topo con un creyente que dice basar su moral en la Biblia, o dudo de su moral o dudo que haya leído el sagrado tocho. Estoy de acuerdo con el biólogo Richard Dawkins[17] cuando dice que “la Biblia no es el tipo de libro que uno daría a sus hijos para formar su moral”. Desde las primeras páginas del Antiguo Testamento hasta las últimas del Nuevo Testamento nos encontramos con guerras, genocidios, parricidios, fraticidios, torturas, violaciones, adulterios, xenofobias, traiciones… ¡Actos que muchas veces contaban con la aquiescencia de Yahvé! Lean, sino, el libro Los pésimos ejemplos de Dios[18], de Pepe Rodríguez. “En la Biblia -señala- podemos encontrar, al menos, 4.339 versículos que, asumiendo la forma de leyes divinas y/o de sucesos promovidos y/o protagonizados por el mismísimo Dios, resultan totalmente rechazables por su contenido, sentido y ejemplo de conducta dejado a la posteridad”.

Está comprobado que una sociedad culta es una sociedad menos crédula. Cuando se maneja información científica, las explicaciones sobrenaturalistas sobran. Por tanto, las creencias religiosas están ligadas a la ignorancia. “El que sabe, no puede creer. El que cree, no puede saber. El término 'fe ciega' es una redundancia, pues la fe es siempre ciega”, sostiene el antropólogo alemán Ernest Bornemann. Por eso estoy de acuerdo con Freud en que la religión tiene un trasfondo de neurosis obsesiva. En su ensayo El porvenir de una ilusión (1927) explica que “la religión sería la neurosis obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo que la del niño, provendría del complejo de Edipo, de la relación con el padre. Conforme a esta teoría hemos de suponer que el abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución”. Con razón, Onfray afirma que “el ateísmo es salud mental recuperada”

ATEO GRACIAS A DIOS

Como buen ateo, me he interesado por la religión. Puede parecer paradójico, pero no lo es. De hecho, creo que como mejor se llega al ateísmo es a través de la religión. Bien, porque se ha tenido una profunda fe en Dios y luego, ante su eterno silencio, se llega a la decepción más absoluta y se acaba negando su existencia (no es mi caso); o bien, porque se ha estudiado en profundidad el fenómeno religioso, analizando su origen desde bases psicológicas, filosóficas y antropológicas, y no queda cabida para la fe y sí en cambio para la increencia (es mi caso). Quien se acerca a la religión desde un punto de vista intelectual, estudiando por ejemplo el origen del cristianismo (repleto de falacias), la fenomenología mística (más cercana a lo psiquiátrico que a lo espiritual), la historia de la Iglesia (una historia criminal, como puntualiza el historiador Karlheinz Deschner
[19]) y el pensamiento teológico (mitológico más bien), es normal que la fe o el convencimiento que pueda depositarse en un Ser Supremo que hemos bautizado con el nombre de “Dios” se pierda por el camino. A muchos les cuesta reconocer que la fe no es un don divino, sino una herencia cultural. A mí en cambio no. Sin embargo, al ateísmo no es fácil llegar. Yo he permanecido muchísimos años en el agnosticismo, en una constante duda sobre la existencia de un Creador, sin dar ese crucial paso al ateísmo, porque me faltaba profundizar más en la cuestión. Necesitaba aislarme para revisar a fondo mis ideas y creencias adquiridas e ir a las raices del problema. El ateísmo, qué duda cabe, es fruto de profundas reflexiones filosóficas. Examinando los fundamentos teológicos, la fenomenología religiosa, el surgimiento del animismo en los pueblos primitivos[20], el lento proceso del ritual al mito, los sistemas politeístas y monoteístas, etc., es como puede llegarse al ateísmo con plena solidez. “Sensibilidad, inteligencia e información -que sólo suministra un cierto nivel de cultura-, más una voluntad de discernimiento veritativo por encima de los prejuicios y preconceptos heredados, son el motor capaz de liberarnos de la atadura de la fe”, subraya Puente Ojea, que considera el ateísmo como el más noble esfuerzo de la razón. Sin duda, requiere, además de un gran ejercicio intelectual, mucha más interiorización que la fe, que tanto se vulgarizó desde que se inventaron los templos para compartir las creencias con otros. Y es que la fe se alimenta del contacto entre creyentes, y cuántos más mejor (“si otros creen las mismas cosas absurdas que yo, seguro que no estaré equivocado ¡ni estaré loco!”, dirán). Ya aclara el escritor Robert M. Pirsig que “cuando una persona sufre espejismos, eso se denomina locura. Cuando muchas personas sufren espejismos, se denomina religión”.

La fe necesita demasiada teatralidad (ya vemos el paroxismo de los feligreses cuando el sumo pontífice efectúa sus apariciones públicas). El ateísmo, en cambio, se alimenta del enriquecimiento intelectual, el estudio y la reflexión personal. El ateo, en el fondo, se toma mucho más en serio la religión que la persona que se declara religiosa. Y es que el creyente hace contínuos alardes exhibicionistas de su fe, pero no profundiza en las cuestiones vitales. El ateísmo, a diferencia de la fe, no necesita de ostentosas escenificaciones públicas, ni de templos para congregarse, ni de bautismos, ni de comuniones, ni de confesiones… El ateísmo está libre de salvadores, iluminados y santos padres. El ateo busca respuestas a sus inquietudes intelectuales, se preocupa por las cuestiones filosóficas, por el saber científico, por el ser humano, por la naturaleza, por el aquí y ahora... “Estemos agradecidos por tener una vida, y abandonemos nuestro vano y presuntuoso deseo de una segunda (…) Somos tremendamente privilegiados por haber nacido y porque se nos hayan concedido unas cuántas décadas -antes de morir para siempre- durante las que podamos comprender, apreciar y disfrutar del universo (…) El mundo sería un lugar mejor si todos tuviéramos esta actitud positiva ante la vida”, proclama Richard Dawkins. El ateo no vive esperanzado en imaginarios mundos post-mortem ni aterrado por severos juicios divinos. Huye de dogmatismos, cuestiona las creencias que le han inculcado de pequeño y sonríe ante esa pose arrogante que caracteriza a muchos creyentes, que se sienten tocados por la gracia de Dios (eso que Puente Ojea llama falacia conativa: “Dios existe porque lo deseo, y lo deseo porque lo necesito. Luego, tiene que existir”). El creyente proclama la paz, pero nunca está en paz consigo mismo ni con los demás. El temor a pecar, a ser tentado por Satanás y a no cumplir fielmente los preceptos religiosos, le lleva a vivir en un permanente sentimiento de culpa (dicen algunos especialistas que la religión aumenta el estrés en vez de disminuirlo). La religión humilla al hombre, al que considera un miserable pecador, y le recuerda que a través del sufrimiento purificará su alma. El creyente, reprimido por una castrante moral religiosa, termina por despreciarse a sí mismo. Y con esa desazón vivirá siempre. Vemos, pues, lo brutal que puede resultar la persuasión coercitiva ejercida por las religiones hacia sus adeptos ¡y sin que éstos apenas se den cuenta!...

Por consiguiente, la fe nos aleja de la realidad y nos sumerge en las tinieblas de la sinrazón. Ha sido una de las mayores lacras de la humanidad. Sus terribles secuelas permanecerán mientras el hombre siga existiendo sobre la faz de la Tierra. A pesar de que los españoles vivimos, afortunadamente, en una sociedad pluralista y laica, la sombra del catolicismo sigue estando ahí, acechante, aprovechando cualquier mínima ocasión para decirnos qué es bueno y qué es malo, qué decisión es la correcta para llevar una vida cristiana ejemplar y advertirnos que Dios es dueño de nuestros destinos, castigándonos si no seguimos fielmente los preceptos de la dogmática Iglesia católica. Estamos viendo cómo sus mandatarios no soportan las libertades que hemos conseguido con sudor después de cuarenta años de férreo nacional-catolicismo
[21]. No soportan que pensemos por nuestra cuenta y riesgo. No soportan que dejemos de asistir a sus templos para escuchar sus aburridos sermones e hincarnos de rodilla ante la imagen de un Cristo crucificado y agonizante -nótese la fijación patológica del cristianismo por la sangre y la muerte-. No soportan que muchos caminemos sin que ellos nos tengan que marcar el rumbo. No soportan que en cuestiones de ética sexual nadie les haga caso. Y no soportan que hayamos perdido el temor a Dios o que nos atrevamos a negar su existencia. Un Dios, dicho sea de paso, vengativo y justiciero, inventado para mantener a la grey amedrentada y dominada bajo un régimen totalitario (recordemos que el Vaticano -el único estado no democrático de Europa- ha respaldado a dictadores, no ha firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos y sigue aceptando, como podemos leer en el Catecismo, la pena de muerte para casos concretos). Ya sostenía Nietzsche en El Anticristo que “en buena medida, ser cristiano equivale a ser cruel respecto a uno mismo y a los demás, odiar a quienes piensan de forma diferente, y un afán de perseguir (…) Ser cristiano implica odiar la inteligencia, el orgullo, la valentía, la libertad, el libertinaje del espíritu; odiar los sentidos, el gozo sensual, el placer en cuanto tal”… Por tal motivo, Ratzinger -ese canalla inquisidor que tanto ansiaba ser pontífice hasta que lo consiguió- dice que “la Iglesia no entiende de diálogo ni de tolerancia, sino de convicciones” o que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, llamando a sus obispos a la lucha ideológica contra el pluralismo moral[22]. Hoy ya no se acuerda del Concilio Vaticano II, que lo vivió tan de cerca, pero sí del Concilio de Trento, a pesar de que le pilla muy lejano en el tiempo. El filósofo Spinoza lo dijo claramente en su Tratado teológico-político[23]: “La religión no se reduce a la caridad, sino a difundir discordias entre los hombres y a propagar el odio más funesto, que disimulan con el falso nombre de celo divino y de fervor ardiente”.

El creyente afirma a Dios y niega el mundo. El ateo invierte los términos y se libera de las ataduras religiosas. Abandona su esclavitud mental (la fe) y recobra la libertad, optando por vivir en un mundo tolerante, progresista y pluralista, donde el fanatismo religioso no puede tener cabida porque impone, prohibe, amenaza y condena. El ateo descubre que puede caminar por sí mismo, observando que el mundo resulta tremendamente interesante en su simplicidad, sin un Dios que lo gobierne. “Desde que soy ateo, tengo la sensación de que vivo mejor: más lúcidamente, más libremente, más intensamente”, declara el filósofo André Comte-Sponville[24]. El mundo nunca es observado en todo su esplendor por el hombre religioso, que vive esperanzado en un paradisíaco mundo trascendente. Piensa en una supuesta vida tras la muerte, por su férreo deseo de inmortalidad, y olvida que tiene una vida antes de la muerte que podría aprovecharla intensamente. Las pretendidas pruebas que a lo largo de la historia ciertos teólogos han presentado sobre la existencia de Dios (¡argumentos racionales!, dicen) solo demuestran la necesidad que el hombre tiene de que exista, no su existencia. De hecho, los creyentes ni siquiera sostienen su fe en Dios sobre tales argumentos. Creen porque así se lo enseñaron de pequeño y han mantenido dicha creencia a lo largo de su vida, acomodados a una fe heredada y sin realizar ninguna reflexión intelectual sobre la misma.

DECONSTRUIR CREENCIAS

Dios, por tanto, no puede demostrarse empíricamente, pese a los esfuerzos que algunos teístas se toman. Desde Hume
[25], pero sobre todo desde Nietzsche y Feuerbach, tal discusión filosófica está más que superada. Ellos sentaron las bases del ateísmo moderno. La fe, desde un enfoque crítico, no deja de ser un mecanismo psicológico para sentirnos seguros en un mundo inseguro, para creernos inmortales en un cuerpo mortal, para consolarnos ante tanto sufrimiento que nos rodea. ¿Por qué hay personas que actúan con un criterio razonable en ciertas cuestiones de la vida y en materia religiosa actúan tan irracionalmente sin pararse a examinar las bases en las que apoyan su fe? ¿Será porque las creencias religiosas les sirven para afrontar sus angustias y miedos más profundos?... Existen, sin duda, fuertes motivaciones emocionales detrás de la fe religiosa, además de la necesidad de dar un sentido trascendente a la existencia. Las personas creyentes suelen ser muy vulnerables emocionalmente. Y se dejan seducir con facilidad por el ilusorio mundo de la religión. Prefieren una maravillosa explicación sobrenatural a una prosaica explicación científica. La primera le reconforta, aunque sea falaz. “Fe equivale a no querer saber la verdad”, afirmaba Nietzsche. Si el creyente se cura de una grave enfermedad o se salva de un terrible accidente, lo atribuirá a una intervención sobrenatural. Utilizar el comodín de Dios siempre resultará más reconfortante. Lo vimos en el accidente aéreo de Barajas. Una de las escasas supervivientes dijo que Dios la había salvado de morir. Y yo me pregunto: Si Dios tuvo el poder de intervenir ¿porqué no salvó a todos? ¿acaso seleccionó a unos y a otros no? ¿Por qué los milagros siempre benefician a unos pocos? Estamos hablando de una tragedia en la que, por desgracia, murieron muchos niños. Esa mujer que salvó su vida, antes de pronunciar esas desafortunadas palabras, debería haber pensado en las 154 víctimas que también iban en el avión y no fueron salvadas por ese Dios misericordioso al que ella se encomienda. ¡Con qué facilidad y conveniencia el creyente pronuncia la palabra “milagro”! Ya argumentaba Hume que “ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea de una clase tal que su falsedad sea más milagrosa que el hecho que se está tratando de comprobar”

De sobra sabemos que el conocimiento científico se basa en evidencias. La fe no las necesita. Esa es la gran diferencia. Pero lo cierto es que el conocimiento científico sí ha contribuido al progreso de la humanidad, mientras que la fe no. Cuando una sociedad está bajo el dominio absoluto de la religión, no avanza nada. Se vuelve pasiva. No tiene que descubrir nada porque ya todo está dicho a través de la revelación sobrenatural. La verdad ya fue revelada a los profetas. Dios transmitió sus leyes y hemos de acatarlas. Si no seguimos los preceptos divinos, nos condenamos. Ese pensamiento irracional lo estamos viendo hoy día en las sociedades islámicas. La cultura laica y científica no encuentra cabida en una sociedad donde impera la intolerancia religiosa. Desgraciadamente, la razón aún tiene muchos enemigos, como se encarga de demostrarnos Richard Dawkins. Para este científico, que ha sufrido serias amenazas de algunos fundamentalistas cristianos, “ser ateo es una aspiración realista y, además, valiente y espléndida (…) Ser ateo no es, en absoluto, algo de lo que avergonzarse. Muy al contrario, para alguien ateo es algo de lo que estar orgulloso y llevar la cabeza muy alta el hecho de que, casi siempre, indica una sana independencia mental e, incluso, una mente sana”. Estoy totalmente de acuerdo. ¿Por qué el ateo debería avergonzarse por admitir racionalmente que no existe más realidad que la que vemos y que el más allá que nos prometen las religiones es pura falacia? ¿No debería ser al revés? Debería avergonzar la credulidad, el fanatismo, la superstición y la esperanza salvífica. El creyente no tiene que reprochar nada al ateo, sino al Dios en el que cree, por haber hecho un mundo tan imperfecto e idear algo tan horrible como la condena al infierno eterno para el pecador. ¿Dónde está su misericordia divina? ¿Ese es el sentido que tiene la existencia: obedecer y seguir un camino que alguien determinó para salvar nuestra alma?... Si el creyente se parase a reflexionar un poco sobre sus creencias, se sonrojaría.

En ese sentido, me llamó la atención que la jerarquía eclesiástica se escandalizara con las mentiras vertidas en El Código Da Vinci y no reaccionara de la misma manera respecto a las abundantes mentiras recogidas en los Evangelios. El contenido de éstos es mucho más ficticio que la obra de Dan Brown, que ya es decir. Si queremos ser objetivos, escandalicémonos por todas las exageraciones que desde hace dos mil años se vienen contando sobre los milagros y la resurrección de Jesús, cuya existencia histórica yo la pongo en duda. Claro que no hemos de dar por cierto lo que nos cuenta El Código Da Vinci, pero tampoco lo que nos cuenta la Biblia, repleta de errores, falsedades e interpolaciones. Al menos, el primero se vende como novela, pero el segundo como palabra de Dios. ¿Qué libro es más deshonesto entonces?...

AUSENCIA DE EVIDENCIAS

La ciencia busca verdades básicas para construir una imagen veraz del mundo. No defiende verdades absolutas como hace la religión. La ciencia se fundamenta en evidencias para establecer modelos teóricos plausibles. La religión se basa en la fe para aceptar supuestas “realidades” metafísicas y fenómenos presuntamente sobrenaturales. Por tanto, no estamos negando porque sí la existencia de un “más allá”, sino admitiendo que las evidencias presentadas hasta el momento carecen de toda validez
[26]. No existen pruebas de que la vida continúe después de la muerte, aún así mucha gente seguirá aferrándose a esa idea porque es consoladora. Esas personas no admiten que un día desapareceremos para siempre. Prefieren creer algo tan fantástico como que venimos al mundo provistos de un alma incorruptible que vivirá eternamente (una idea residual del animismo primitivo). Russell sentenció: “Creo que cuando me muera me pudriré, y nada de mi yo sobrevivirá”. Suscribo plenamente sus palabras.

Ahora bien, hay personas que afirman ver a Dios, a Jesús, a la Virgen, que mantienen contacto con espíritus, que han viajado astralmente a planos invisibles… Para ellos, sus experiencias personales son pruebas irrefutables de la existencia de un mundo espiritual. Y como tales las presentan. He tenido la oportunidad de conocer y entrevistar a muchos de estos individuos. Y percibo que están totalmente convencidos de lo que cuentan y no mienten deliberadamente. Pero deben comprender que muchos de nosotros no compartamos sus explicaciones trascendentalistas. Sus experiencias hay que abordarlas desde la psicología o, más bien, desde la neurología[27]. Por tanto, en la compleja mente humana se halla la respuesta a todas esas percepciones subjetivas, no en presuntos “reinos celestiales”. Si atribuimos a causas sobrenaturales fenómenos que todavía no comprendemos, estamos actuando igual que los primitivos cuando atribuían a causas sobrenaturales fenómenos que no comprendían, y que hoy caen plenamente en el terreno científico. La aparición del arco iris en el cielo era un signo sobrenatural para aquellas culturas ancestrales. Hoy nos reímos de esa explicación. Pensemos que mañana serán otros los que se rían de muchas de las creencias que compartimos hoy.

Así pues, conforme avanza el saber científico, las fabulaciones religiosas pierden terreno. El conocimiento que en los últimos decenios se ha adquirido sobre el universo y el cerebro humano -a través de la cosmología y la neurociencia respectivamente-, conduce de forma inevitable al descrédito de los postulados religiosos que defienden la existencia del alma humana y de un mundo espiritual más allá del plano físico. Ahí están todavía los creacionistas sin saber donde colocar a Dios. Continuamente lo cambian de sitio. “Los creacionistas adoran los ‘huecos’ en el registro fósil”, afirma Dawkins. En su ignorancia, usan el comodín de Dios para intentar explicar aquello que no entienden o que por el momento no se comprende. Por eso, muchos de esos creacionistas, con la soberbia que les caracteriza, califican el darwinismo de teoría diabólica. Es la única salida que les queda, en vista de sus fracasados argumentos. Asimismo, produce risa -o no sé si estupor- escuchar a Benedicto XVI decir que la teoría de la evolución es irracional
[28]. ¿Acaso es más racional creer en un Dios del que no existe la menor evidencia? ¿Será que a la Iglesia la palabra “evolución” le queda muy lejos? ¡El cinismo del jefe supremo de la multinacional vaticana sí que es infinito!...

En definitiva, la creencia en Dios está perdiendo fuerza en la sociedad actual. No cumple con las expectativas del hombre moderno, enfrentado a tantos problemas que debe solucionar por sí mismo y además apresuradamente. No hay tiempo para casi nada. Y menos para pensar en un Dios que se niega a echarnos una mano. ¿De qué sirve reclamar ayudas celestiales que ni siquieran llegan para aquellos pueblos que viven por y para sus dioses? ¿Qué respuesta divina reciben los paises de Oriente Medio -donde se concentran los tres grandes monoteísmos- que tanto invocan el nombre de Dios? ¿Acaso les van bien las cosas por ser más religiosos que el resto del mundo?... El ateísmo es el resultado lógico de ese permanente silencio de Dios cuando más se le necesita, y que lleva a pensar en su inexistencia. Es más, resulta totalmente incompatible la existencia de un Dios todopoderoso y misericordioso con la presencia del mal en el mundo, por mucho que los sesudos teólogos intenten argumentarlo mediante hábiles malabarismos conceptuales. ¿Por qué Dios se ausenta de los problemas que sufre el hombre? ¿Por qué permite tanto dolor y sufrimiento?... Ante eso, la fe del hombre de hoy se debilita. Y Dios no hace nada por evitarlo, ¡porque jamás se ha preocupado de los hombres! ¿Por qué entonces hay que creer que existe y encima alabarle?... La falta de evidencias nos empuja ineludiblemente al ateísmo. “Si vivimos en un mundo sin dioses, es a la cristiandad a quien debemos agradecérselo”, sentencia el politólogo inglés John Gray. No existen, pues, razones para fundamentar una mínima fe. Si Dios existiese y actuara así, ajeno a los avatares que por aquí ocurren, es hora de cuestionar su infinita bondad y tantos superpoderes que se le atribuyen. “Resulta asombroso que la gente pueda creer que este mundo, con todas las cosas que hay en él, con todos sus defectos, sea lo mejor que la omnipotencia y la omnisciencia han logrado producir en millones de años. Yo realmente no puedo creerlo”, aseguraba Russell.

Dicho en pocas palabras, y ya para concluir, creo que la razón debe guiar la vida del hombre, no la fe. La razón nos hace seres autónomos y pensantes. Facilita la convivencia entre los seres humanos y nos devuelve la libertad que la fe nos privó. No se pierden los valores por dejar la fe a un lado. Al contrario, se adquieren valores más puros, entre ellos la tolerancia, y se actúa de forma más comprometida con el mundo, sin pensar en absurdas recompensas celestiales[29]. La fe ha sido la que nos ha atrofiado y deshumanizado, no la razón. La fe añadió más dolor a nuestra ya sufriente existencia. Jamás iluminó al ser humano, desde el momento en que apagó su inteligencia. Tomar las riendas de nuestro propio destino, avanzar sin apoyarnos en ficticias muletas religiosas, pensar libremente, cultivar el intelecto y mantener una actitud crítica y escéptica, es lo único que nos convierte en evolucionados seres humanos. En cambio, optar por la fe, es conformarnos en vivir como meras marionetas, perder nuestra libertad de conciencia y dejarnos manipular por unos fanáticos y megalomaníacos señores supuestamente convencidos de haber sido designados por Dios para guiar el rebaño humano.

Usted tiene la decisión de elegir. ¿Está dispuesto a ello?...

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[1] Estudio CIS nº 2763. Barómetro de mayo. 2.472 entrevistas realizadas del 22 al 31 de mayo de 2008.
[2] Art. 18, 2: “El interesado al que se deniegue, total o parcialmente, el ejercicio de los derechos de oposición, acceso, rectificación o cancelación, podrá ponerlo en conocimiento de la Agencia de Protección de Datos o, en su caso, del organismo competente de cada Comunidad Autónoma, que deberá asegurarse de la procedencia o improcedencia de la denegación”.
[3] Aunque Juan Pablo II dijo que el infierno no es un lugar físico, sino un estado de conciencia, su sucesor Benedicto XVI afirma que sí es un lugar físico y no está vacío. ¿A quién han de creer los fieles católicos?...
[4] La vida eterna (Edit. Ariel, 2007), pág. 87.
[5] Gonzalo Puente Ojea (Cuba, 1925) es un destacado pensador ateo. Miembro de la Carrera Diplomática y embajador de España en la Santa Sede entre 1985 y 1987. Sus textos racionalistas son fundamentales para profundizar en las falacias de la fe y en la evolución social e histórica de las creencias religiosas, preferentemente el cristianismo. Entre sus obras destacan Elogio del ateísmo. Los espejos de una ilusión (1995), El mito del alma (2000), El mito de Cristo (2000), Ateísmo y religiosidad. Reflexiones sobre un debate (2001) y Animismo (2004).
[6] El filósofo alemán Ludwig Feuerbach (1804-1872) fue uno de los principales teóricos del ateísmo moderno (su influencia en Marx es notable). Autor de La esencia del cristianismo (1841) y La esencia de la religión (1845).
[7] Editado en España por Anagrama (2006).
[8] El eminente filósofo y escritor británico Bertrand Russell (1872-1970), uno de los pensadores más influyentes del siglo XX y galardonado con el premio Nobel de Literatura en 1950, tuvo una postura tremendamente crítica hacia el cristianismo, argumentando que las religiones -todas falsas en su opinión- se fundamentan principalmente en el miedo y no se diferencian en absoluto de las supersticiones. Su contribución al racionalismo fue enorme. Recomiendo leer Por qué no soy cristiano y otros ensayos (Edhasa, 2006), un formidable compendio de sus trabajos sobre la religión.
[9] Estado de la cuestión de Dios (Espasa-Calpe, 1976), pág. 24.
[10] Recordemos que desde 1870 es dogma la infalibilidad pontificia. La ocurrencia fue del arrogante Pío IX, quien a través del controvertido documento Syllabus, condenó enérgicamente la libertad de pensamiento, el progreso y el liberalismo (hoy vuelve a hacerlo Benedicto XVI).
[11] En palabras del filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), autor de la célebre Crítica de la razón pura, “la ilustración es la salida del hombre de su minoría de edad. Él mismo es culpable de ella. La minoría de edad estriba en la incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no yace en un defecto de entendimiento, sino en la falta de decisión y ánimo para servirse con independencia de él, sin la conducción de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento! He aquí la divisa de la ilustración” (extracto de Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, texto publicado en 1784, en la revista alemana Berlinische Monatsschrift).
[12] A pesar de sus intentos por conseguir respetabilidad científica, los partidarios de la teoría del diseño inteligente, surgida hace dos décadas en los Estados Unidos, han sido incapaces de aportar pruebas irrefutables a sus argumentos, que siempre han estado basados en el modelo teísta-creacionista y, por tanto, alejados de un enfoque rigurosamente científico como el que sí persiguen sus rivales, los defensores del modelo evolucionista. Por consiguiente, la moderna versión creacionista queda completamente invalidada a nivel científico.
[13] El teólogo James Ussher (1581-1656) se atrevió a poner fecha exacta: 23 de octubre del año 4004 a.C.
[14] El Index Librorum Prohibitorum et Expurgatorum (Índice de Libros Prohibidos), es una lista confeccionada en 1559 por la Iglesia Católica -a través de su órgano inquisitorial- donde se hacía constar aquellos libros contrarios o perniciosos para la fe. Ilustres filósofos y científicos como Descartes, Copérnico, Kepler, Pascal, Voltaire, Spinoza, Kant, Hume, etc. vieron sus obras anotadas en dicho Índice, que estuvo vigente hasta 1966 (fue eliminado por decisión de Pablo VI, tras el Concilio Vaticano II).

[15] El teólogo suizo Hans Küng (1928), ordenado sacerdote en 1954, fue sancionado por el Vaticano a causa de su postura crítica frente al dogmatismo papal. Siempre mantuvo una actitud enfrentada hacia Juan Pablo II a quien calificaba de autoritario, siendo retirado de sus funciones docentes. Este brillante intelectual es doctor en Filosofía y catedrático emérito de Teología en la Universidad de Tubinga. Es presidente de la “Fundación Ética Mundial” y autor de obras tan imprescindibles como Ser cristiano (1974), La Iglesia Católica (2002) o ¿Existe Dios? (2005).
[16] Existen mecanismos genéticos que nos impulsan a ser altruístas con nuestros semejantes, cualidad que resulta muy ventajosa en el proceso evolutivo de cualquier especie, no sólo la humana.
[17] El británico Richard Dawkins (1941), destacado biólogo evolucionista y uno de los principales aladides del movimiento ateísta, es autor de una extraordinaria obra titulada El Espejismo de Dios (Espasa Calpe, 2007), en la que aborda magistralmente la lucha del pensamiento escéptico frente a la irracionalidad y los peligros de la fe.
[18] Publicado en 2008 por la editorial Temas de Hoy.
[19] El alemán Karlheinz Deschner (1924) es licenciado en Historia, Psicología y Teología. Doctor en Filología alemana, Filosofía e Historia. Su gran erudición en materia teológica y sus amplios conocimientos sobre los trasfondos históricos del cristianismo, le llevaron a acometer una monumental obra: Historia Criminal del Cristianismo, iniciada en 1970 y con nueve tomos publicados hasta el momento (están previstos doce en total). Probablemente, es el mayor enemigo intelectual que ha tenido Roma en el siglo XX. No en vano, fue considerado por el historiador Wolfgang Stegmüller como “el crítico de la iglesia más importante de nuestro siglo”. Además de su herética enciclopedia, es de destacar obras como Historia sexual del Cristianismo (1974), Opus Diaboli (1987), Con Dios y con el Führer (1988) y El Credo Falsificado (1989).
[20] La teoría animista fue brillantemente desarrollada por el antropólogo inglés Edward Burnett Tylor (1832-1917), para explicar el origen del sentimiento religioso en los pueblos primitivos. Léase su obra Primitive Culture.
[21] Para conocer con rigor el papel que jugó la Iglesia Católica durante la dictadura franquista, recomiendo la documentada obra La Iglesia de Franco, del historiador Julián Casanova (Edit. Temas de Hoy, 2001).
[22] Léase su encíclica Spe Salvi, claro ejemplo de integrismo católico.
[23] El Tractatus teologico-politicus fue publicado por primera vez en 1670. Su autor, Baruch Spinoza (1632-1677), no puede ser calificado de ateo (rechazaba la idea de un Dios personal pero era panteísta), sin embargo, fue uno de los mayores filósofos racionalistas de su tiempo y mantuvo una postura sumamente crítica con la religión y el clero.
[24] El filósofo francés André Comte-Sponville (1952), distingue entre religión y espiritualidad, asegurando que es posible desde el ateísmo llevar una vida espiritual y de amor al prójimo. Sería una especie de 'espiritualidad laica'. “La espiritualidad es demasiado importante para dejarla en manos de los fundamentalismos”, señala.
[25] El filósofo escocés David Hume (1711-1776) fue uno de los pensadores escépticos más destacados de la Ilustración. Mantuvo una postura agnóstica ante la idea de Dios. Luchó contra el fanatismo religioso y los absurdos argumentos teleológicos, como apreciamos en sus obras Tratado de la naturaleza humana (1739), Historia natural de la religión (1755) y Diálogos sobre la religión natural (publicada póstumamente en 1779).
[26] No sólo las evidencias referidas desde el ámbito de la fe religiosa, sino también desde el espiritismo o la parapsicología trascendentalista. La mediumnidad, las experiencias extracorpóreas (EEC) y las experiencias cercanas a la muerte (ECM), por muy extrañas que nos parezcan, no prueban la existencia del alma ni de un “más allá”. El estudio en profundidad de la conciencia humana nos permitirá plantear algún día una explicación fundamentada en razonamientos neurofísicos para determinar la naturaleza de dichas experiencias que, por el momento, consideramos anómalas.
[27] Según el neurofisiólogo Michael Persinger, de la Laurentian University (Canadá), la epilepsia del lóbulo temporal está detrás de tales visiones alucinatorias. En su laboratorio, ha estimulado eléctricamente esa zona cerebral en numerosos voluntarios, consiguiendo que tuvieran experiencias de tipo místico y visiones de seres sobrenaturales. En este sentido, se están haciendo avances muy significativos. Por otro lado, la moderna Neuroteología (neurociencia de la espiritualidad), trata de identificar las estructuras cerebrales vinculadas con la experiencia religiosa. Algunos científicos, como Andrew Newberg, estudian los cerebros de monjes orando y meditando profundamente. En esos estados aumenta la actividad en las áreas frontales y en el sistema límbico (asociados a la concentración y las emociones, respectivamente), mientras que los lóbulos parietales se desactivan, reduciendo el sentido del yo y aumentando la sensación de unión con la totalidad. Saber por qué la fe y tales experiencias se manifiestan en unas personas y no en otras, es uno de los principales objetivos de la citada disciplina.
[28] Manifestaciones efectuadas ante estudiantes y profesores en el Auditorio Maximum de la Universidad de Regensburg (Ratisbona, Alemania), el 12 de septiembre de 2006. Otra de las perlas que allí dijo fue que “el ateísmo nace del miedo a Dios”. Sobran comentarios.
[29] En contraposición al teocentrismo, tenemos el Humanismo Secular, que desplaza a Dios, rechaza todo dogma religioso e incorpora valores laicos para que el hombre viva dignamente y con plena libertad de pensamiento y conciencia. Consúltese el “Manifiesto Humanista 2000”, redactado por el filósofo racionalista Paul Kurtz.

miércoles, 20 de mayo de 2009

SANTA IGLESIA CATÓLICA, APOSTÓLICA Y PEDERASTA

¡Espantoso!... No se me ocurre otra palabra más adecuada para expresar lo que he sentido hoy al leer la noticia sobre nuevos casos de abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes católicos. Las agencias informativas describen así los hechos: "Miles de menores fueron objeto de abusos sexuales y torturas físicas y psíquicas en instituciones estatales regentadas por religiosos de Irlanda durante casi 70 años, reveló hoy un informe elaborado por una comisión gubernamental. Los abusos, que el documento calificó de situación 'endémica' en este país, provocó que varias generaciones de niños y niñas entregados al cuidado del Estado viviesen 'a diario el terror' de los castigos corporales". Hay casos que se remontan hasta 1914. Hablamos de hechos ocurridos en escuelas públicas, orfanatos, centros para enfermos mentales y otras instituciones estatales, administradas mayormente por sacerdotes y monjas pertenecientes a la Iglesia católica de Irlanda. El informe redactado por la Comisión sobre Abusos a Menores, creada en 2000 para hacer frente a tantas denuncias sobre delitos sexuales, añade que "los abusadores eran trasladados, pero nada se hacía para tratar el daño infligido sobre el menor. En el peor de los casos, se culpaba al niño y se consideraba que estaba corrompido por la actividad sexual y era castigado con severidad". Entre los centros religiosos investigados figuran las Hermanas de la Misericordia, los Hermanos Cristianos y las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad y Refugio. El régimen en el que vivían los menores era de auténtica esclavitud, sometidos en todo momento a vejaciones y humillaciones, maltratos y abusos sexuales. Las autoridades eclesiásticas, conocedoras de lo ocurrido y evitando que los hechos trascendieran a la opinión pública, lejos de llevar el asunto a los tribunales, se limitaban a trasladar a los curas pederastas a destinos lejanos, aunque en muchas ocasiones estos sinvergüenzas volvían a reincidir en sus reprobables actos.

¿Cómo reaccionar ante estos lamentables sucesos? ¿Qué respeto merece una institución como la Iglesia católica que oculta estos hechos y encima ofrece lecciones de moral al conjunto de la sociedad, advirtiendo que quien siga sus preceptos morales tendrá garantizada la salvación de su alma?... ¡Menuda desfachatez! Esa Iglesia que pisotea los derechos humanos, que abusa de los más indefensos, que miente constantemente prometiendo falsas promesas post-mortem, que fomenta la expansión del sida al condenar el uso del preservativo, que discrimina a la mujer y no permite que acceda a la jerarquía, que se codea con los poderosos y no con los desfavorecidos, merece mi más absoluto desprecio. Y no me importa que los creyentes que conozco, aún siendo familiares y amigos, me digan que soy muy duro en mi postura anticlerical. Habría que preguntarles a esas víctimas si soy demasiado duro o no. Es más, pienso que quienes se proclaman católicos, deberían avergonzarse ante hechos así, y asumir de una vez por todas que están formando parte de una institución criminal, corrupta y encubridora de pederastas. Para mí, esos católicos, aunque sean indirectamente, son cómplices de tan horrendos delitos. Lo mismo que quien dice sentirse identificado con la ideología nazi es cómplice, en cierta medida, de lo que significó el nazismo en su día y de sus terribles crímenes.

La Iglesia se cree por encima de las leyes constitucionales y de las leyes penales. Ante los casos de curas pederastas, las autoridades religiosas adoptan una actitud pasiva. Son conscientes de tales abusos, ¿pero cómo reaccionan?: encubriendo a los agresores ("si non caste caute", decía un antiguo lema católico). Los curas pederastas suelen ser enviados a países latinoamericanos para que sigan ejerciendo sin ningún problema su ministerio sacerdotal. Mientras, la víctima es indemnizada -no siempre- y se le pide que calle y no denuncie, a veces con amenazas incluidas. Con esa fría impunidad actúa la Iglesia ante tales delitos graves. El clero ha sabido siempre manejarse con soltura en la más repugnante
hipocresía, escudado en una postura irracional e incoherente, y cruzado de brazos ante situaciones verdaderamente dramáticas que dejan una huella imborrable en las víctimas para el resto de sus vidas.

Mi buen amigo Pepe Rodríguez, doctor en psicología y especialista en dinámica sectaria, realizó en su día un exhaustivo y revelador estudio que plasmó en su polémico libro La vida sexual del clero (1995). Las cifras hablan por sí solas: Un 95% de los sacerdotes se masturban; un 60% mantienen relaciones sexuales de todo tipo; un 26% soban a menores; un 20% mantienen relaciones homosexuales; un 12% son estrictamente homosexuales; y un 7% cometen abusos sexuales graves contra menores (masturbación, sexo oral o coito). De su estudio se deduce que más de 300.000 españoles han sufrido abusos de sacerdotes. Ese es el celibato que practican los curas y esa es la abstinencia que tanto proclaman para favorecer las virtudes cristianas... Los curas, que pretenden dominar la sexualidad, al final son dominados por ella. Por eso, no puedo más que sonreir cuando advierten que las relaciones sexuales deben ceñirse exclusivamente a la función reproductiva: "Toda la vida matrimonial tiene que ser un constante sí al orden de la creación, es decir, a la fecundidad", sostiene la doctrina oficial de la Iglesia. El sexo como mero acto placentero es, pues, pecaminoso. ¿Acaso para los curas pederastas no?...
En una obra posterior titulada Pederastia en la Iglesia católica (2002), Pepe Rodríguez señala acertadamente que "el problema fundamental no reside tanto en que haya sacerdotes que abusen sexualmente de menores, sino que en el Código de Derecho Canónico vigente, así como todas las instrucciones del Papa y de la curia del Vaticano, obligan a encubrir esos delitos y a proteger al clero delincuente. En consecuencia, los cardenales, obispos y el propio gobierno vaticano practican con plena conciencia el más vergonzoso de los delitos: el encubrimiento".

Toda esta problemática parte, sin duda, del celibato obligatorio, impuesto oficialmente en el Concilio de Trento -exactamente el 11 de noviembre de 1563-, y que no tiene el menor fundamento bíblico (su fin no fue otro que ejercer un control absoluto sobre la mente y el bolsillo del sacerdote). Aquello tuvo consecuencias fatales. La represión sexual generó en conductas psicopatológicas y en parafilias. La pederastia fue una de esas lacras que se propagó con facilidad entre los ministros de la Iglesia. El sacerdote incapaz de controlar sus deseos sexuales, a la menor oportunidad, abusa de niños indefensos, que luego son amenazados si cuentan algo a su familia. Así, esos curas reprimidos y neuróticos, dan rienda suelta a sus deplorables fantasías. Encima, el sentimiento de culpabilidad se lo trasladan a las infelices víctimas, creándoles un trauma psicológico imposible de extirpar. No hay duda de que la Iglesia ha sido una fábrica de pervertidos que ha destrozado la vida de millones de personas a lo largo de sus casi dos mil años de existencia. Dice Jesús en los Evangelios: "El que escandalizare a un niño más le valdría que le colgasen una piedra de molino y lo hundieran en el fondo del mar" (Mt. 18, 6). Pues que esos curas pederastas se apliquen esas palabras, o bien que hagan lo que hizo Orígenes, destacado padre de la Iglesia, que se castró para evitar toda oscura tentación de la carne. Por cierto, decía que las mujeres eran hijas de Satanás...

Resulta curioso que esa Iglesia que tanto protege al feto a través de su combativa protesta antiabortista, luego deje desprotegido al menor ante esos curas pederastas. O sea, un feto de escasas semanas merece, para los prelados, mayor protección que un niño. ¿Por qué no es la Iglesia tan combativa contra la pederastia como lo es contra el aborto? Extraña actitud... Está claro que la retrógrada moral de la Iglesia sólo es apta para crédulos fanatizados que tienen su cerebro como mero adorno. La Iglesia, que dice hablar en nombre de la Verdad, asegura que los métodos anticonceptivos van contra la vida. Sin embargo, los contínuos casos de abusos pederastas ejercidos por sacerdotes católicos son los que verdaderamente van contra la vida y la dignidad humana. Con razón, el teólogo crítico Karlheinz Deschner, que no tiene pelos en la lengua, sostiene que "la Iglesia ha pervertido casi todos los valores de la vida sexual, ha llamado al Bien mal y al Mal bien, ha sellado lo honesto como deshonesto, lo positivo como negativo. Ha impedido o dificultado la satisfacción de los deseos naturales y en cambio ha convertido en deber el cumplimiento de mandatos antinaturales, mediante la sanción de la vida eterna y las penitencias más terrenales o más extremadamente bárbaras".

Hace unos años, el Arzobispo de Nairobi (Kenia), Raphael Ndingi, llegó a decir que "el virus del sida se propaga tan rápido por la disponibilidad de condones (...) No hay que usar condones. No deberían fabricarse. Ni siquiera los no-católicos deberían usarlos, puesto que las leyes de Dios son para todo el mundo". Este personaje, de mucha fe y de escasa inteligencia, afirmaba que el virus del sida se filtra fácilmente a través del látex con el que están fabricados los preservativos. Semejante majadería anticientífica, que fue respondida oportunamente por la OMS señalando que dicha argumentación es totalmente falsa, no merece más que una sonora carcajada. Lo grave es que esa es la postura oficial del Vaticano, como ya vimos hace unas semanas con las afirmaciones del Papa Benedicto XVI durante su visita a África, anunciando que el uso del preservativo aumenta los riesgos de contraer el sida. En Kenia, hay una gran población católica, que sigue obedientemente las palabras del Sumo Pontífice. Pues bien, esa idea de que el condón es nocivo proclamada por el arzobispo de Nairobi y refrendada ahora por Ratzinger, ha hecho que los casos de sida aumenten considerablemente en Kenia. Nada menos que una quinta parte de sus habitantes están infectados del VIH. ¡Bravo por la Iglesia y su gran campaña preventiva del sida!...

Los creyentes católicos suelen decir que nos quedemos con lo bueno y que no es necesario criticar tanto a la Iglesia. Ya vemos que fe e ingenuidad hacen buenas migas... Si actuásemos pasivamente y no denunciásemos la cara oculta de la Iglesia, con todos sus fraudes, engaños, manipulaciones y delitos, estaríamos siguiéndole el juego y permitiendo que actúe impunemente, con su inmerecida autoridad moral, haciéndonos creer todavía que están guiados por el Espíritu Santo. ¡Basta ya de vendernos una imagen falaz de la Iglesia!... Eso es una estafa con todas las de la ley, aunque resulte incómodo a los creyentes, que tienen la fea costumbre de mirar hacia otro lado y no ver los serios problemas que genera la fe católica con todos sus desmanes. Por mi parte, seguiré manteniendo mi postura crítica ante una institución que considero funesta para el progreso humano. Y lo seguiré haciendo abiertamente, gracias a eso que se llama "libertad de expresión" y que tanto persiguió la Iglesia cuando ejercía plena hegemonía.

En el fondo, siento verdadera lástima por esas personas que, incapaces de tomar decisiones propias con el uso de la razón, se dejan influir por lo que diga la Iglesia, sin caer en en la cuenta de que lo único que consigue dicha institución dogmática es arruinar las vidas de muchos feligreses
, desde el mismo momento en que comienza a coartarles sus libertades individuales y a fomentarles una moral enfermiza e inhumana. Ese "recto camino" que establece la Iglesia para conseguir el cielo, sólo lleva a la alienación más profunda. Usted es libre de seguirlo o, por el contrario, de tomar su propio camino, libre de ataduras teológicas. Afortunadamente, aumenta cada vez más el número de personas que eligen esta segunda opción. Y los prelados bien que lo saben, recordando seguramente lo que decía Diderot: "Quítesele a un cristiano el miedo al infierno y se le quita su fe"...

miércoles, 13 de mayo de 2009

13 DE MAYO DE 1917: LA TRAMA FÁTIMA

Hoy, 13 de mayo, se cumple el 92º aniversario de las célebres apariciones de la Virgen en Fátima (Portugal). Es el caso aparicionista que más trascendencia ha tenido en el mundo católico. Tanto es así que muchas otras apariciones posteriores han plagiado elementos del caso Fátima (la fecha del 13 de mayo, la visión sobre un árbol, la danza solar, los mensajes secretos, la cruzada anticomunista…) Oscuras tramas políticas -vinculadas, sobre todo, al atentado ejecutado por Alí Agca y al "tercer secreto"-, han hecho que Fátima adquiera una extraordinaria dimensión sociológica. Ha sido portada en periódicos de todo el mundo, objeto de tensos debates, se han escrito decenas de libros… Y los últimos Papas, sobre todo Juan Pablo II, han tenido una especial predilección por el caso Fátima. ¿Pero cómo comenzó esta historia tan célebre?...

Hemos de remontarnos a 1917, época de gran caos en Portugal. El 13 de mayo de ese año, los jóvenes pastorcillos Lucía dos Santos (10 años) y sus primos Francisco (9) y Jacinta Marto (7) se encontraban cuidando el ganado, en un valle conocido como Cova de Iría, muy cerca de la población lusa de Fátima. De pronto, observan sorprendidos que sobre una encina se encuentra una señora muy brillante, que emite una intensa luz, y vestida toda de blanco. Lucía le pregunta: "¿De dónde es usted?"... Y la entidad le responde: “Soy del cielo. He venido para pediros que vengáis aquí seis meses seguidos el día 13 a esta misma hora. Después diré quién soy y lo que quiero”. Así se inició todo. Al menos, así nos lo han contado…

No vamos a entretenernos en relatar lo ocurrido en los meses sucesivos, pues es algo que ya se ha divulgado hasta la saciedad. Lo que sí hay que resaltar es que las autoridades eclesiásticas enseguida se hacen con el control de la historia para utilizarla como propaganda católica, en un país con gobierno republicano desde 1910, y cuyo anticlericarismo fue muy activo. Una década después de los acontecimientos de Fátima, una dictadura militar, encabezada por el ultraconservador Antonio de Oliveira Salazar, toma el poder. Y, a partir de ese momento, es cuando el caso Fátima comienza a adquirir una gran dimensión social y a ser usado como bastión anticomunista. “Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieren mis deseos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia”, le comunica la Virgen a Lucía, según recoge en sus memorias, escritas tiempo después de tomar los hábitos en Tuy (Pontevedra). La verdad es que la vidente siempre estuvo tutelada por sus confesores, los jesuitas José Bernardo Gonçalves y José da Silva Aparicio, que repasaban meticulosamente sus escritos y mensajes, para adaptarlos a la dogmática católica. Una manipulación en toda regla (se sabe, por ejemplo, que la parte del secreto que alude a Rusia es un añadido muy posterior a la fecha de los acontecimientos, quedando anulado entonces su presunto valor profético). De una mujer con tan escasa cultura y sin apenas saber escribir ni leer, no podían surgir textos de contenido teológico y político. Se sospecha que alguien se los redactó. Incluso sus memorias parece que tampoco están escritas por ella. Y es que Lucía siempre estuvo ‘instrumentalizada’ por la Iglesia. Sus visiones -cada vez más delirantes- duraron muchos años, al menos hasta la década de los ochenta. "Lucía ha sido condenada a vivir en estado de demencia y delirio, con visiones y apariciones a todas horas", apunta el sacerdote antifatimista Mario de Oliveira, autor de Fátima nunca mais (1999). Lo cierto es que la vidente estuvo recluida de por vida en el Convento del Carmelo de Coimbra, donde murió en 2005, a punto de cumplir 98 años de edad.

Centrémonos ahora en el famoso "Tercer Secreto" de Fátima. Aunque en realidad era un secreto dividido en tres partes. Las dos primeras partes, reveladas en 1941, se referían a una visión de infierno, el anuncio de una terrible guerra y la conversión de Rusia. La tercera parte tardó mucho más tiempo en salir a la luz… En 1943, Lucía enferma gravemente y se la insta a escribir la tercera parte del secreto. Así lo hace y lo introduce en un sobre lacrado que es entregado al obispo de Leiría, José Cordeira de Silva. No sin antes comunicarle que sea revelado si ella muere, y si no es así, que sea leído en 1960. En 1957 el sobre llega al Vaticano y es guardado por Pío XII, quien muere al año siguiente. En 1959 Juan XXIII lee el texto y decide no hacerlo público por su contenido alarmista. Pablo VI tampoco. Juan Pablo I no tuvo ni tiempo de interesarse por el asunto, por su brevísimo papado. Y ya con Juan Pablo II las cosas cambian… o se complican. Y es que el atentado que sufre en la Plaza de San Pedro el 13 de mayo de 1981 -hace hoy veintiocho años-, a manos del extremista turco Alí Agca, abre una nueva etapa en el devenir histórico del caso Fátima. Afortunadamente, Juan Pablo II salva su vida, según él por intercesión de la Virgen de Fátima. En el hospital, decide leer el "Tercer Secreto", lo que llama la atención de todo el mundo. ¿Qué esconderá el texto y qué relación puede tener con el atentado?, se preguntaron muchos. Sobre todo, cuando el propio Alí Agca llegó a decir durante el juicio que: “El atentado contra el Papa está vinculado con el secreto de Fátima. Os anuncio el fin del mundo en esta generación”. Comenzó a extenderse el rumor de que detrás del atentado estaban los servicios secretos búlgaros a instancias del KGB soviético. El Papa Wojtyla resultaba un personaje molesto para los paises del Este, por sus ideas anticomunistas. Y había que eliminarlo como fuere. Sería la llamada “pista búlgara”. Especulaciones que han durado hasta el presente, pero que cada vez han ido cobrando mayor verosimilitud. Hace unos años, los diputados búlgaros aprobaron la apertura de los archivos de los antiguos servicios secretos comunistas. ¿Sabremos algún día la verdad?...

En cuanto al "Tercer Secreto", hubo que esperar hasta el 2000 para conocer su contenido. El 13 de mayo de dicho año, Juan Pablo II beatifica a Francisco y Jacinta Marto. El acto tiene lugar en Fátima, en la explanada de la basílica. Asisten 600.000 peregrinos. Junto al pontífice, la vidente Lucía, que atrajo obviamente la mirada de periodistas y feligreses. Finalizada la homilía, toma la palabra el cardenal Angelo Sodano y comienza a revelar el célebre secreto: “Un obispo vestido de blanco, caminando con fatiga hacia la Cruz, entre los cadáveres de los martirizados (obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y numerosos laicos), cae a tierra como muerto, bajo los disparos de arma de fuego”. Tras esa lectura, añade: “La visión de Fátima tiene que ver sobre todo con la lucha de los sistemas ateos contra la Iglesia y los cristianos, y describe el inmenso sufrimiento de los testigos de la fe del último siglo del segundo milenio. Es un interminable Vía Crucis dirigido por los Papas del siglo XX”… Seguí el evento por televisión, y mi reacción inmediata fue de doble perplejidad. Tanto por la brevedad del contenido del texto -que no era un mensaje sino una visión- como por la explicación tan simplista ofrecida por el cardenal Sodano. Es decir, según el Vaticano, la profecía de Fátima ya se había cumplido. Pertenecía al pasado. Entre otras cosas, tenía que ver con el atentado de Juan Pablo II. Si era así, ¿porqué no se desclasificó mucho antes? Pero no quedaba ahí la cuestión. Lo leído por Sodano sólo era un extracto. El contenido íntegro sería dado a la luz en breve y acompañado de un informe teológico elaborado por el cardenal Ratzinger (el actual papa). Algo se estaba tramando, sin duda. Y así fue… Hubo que esperar nada menos que un mes y medio para conocer, por fin, el manuscrito original de Lucía donde se mostraba la tercera parte del secreto. Una fecha histórica: 26 de junio de 2000. En ese momento, me puse manos a la obra para explorar con lupa el texto de Lucía, averiguar su posible conexión con el atentado de Juan Pablo II y ver qué nos contaba Ratzinger en su anexo teológico. Ya, por si acaso, se encargó de decir a la prensa que el texto de Lucía no anunciaba revelaciones apocalípticas ni profecías sobre el fin del mundo. Sin embargo, no parecía tan clara la cosa. En principio, la visión que describe Lucía en su escrito no recuerda a nada que haya ocurrido antes. Para colmo, encontramos una pequeña diferencia con lo que leyó Sodano en Fátima, pero tan significativa, que cambia todo el sentido interpretativo que el Vaticano ha querido dar al texto. Esto puede leerse: “Y vimos (…) a un Obispo vestido de blanco, hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre (…) Llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas”. Que sepamos, la expresión “fue muerto” es muy diferente de “cae como muerto”. Sutil pero efectiva manipulación para hacer encajar el texto con el atentado del Papa Wojtyla. Tampoco Sodano dijo nada de soldados y flechas. En suma, el comentario teológico no tiene desperdicio. Ratzinger interpreta a su antojo el mensaje de Fátima, dándole a determinadas cosas un carácter simbólico y a otras un carácter literal. Pero nada se habla de lo que realmente deja traslucir el texto cuando es leído sin prejuicios teológicos: un final sangriento de la Iglesia Católica. Una feroz persecución de obispos, sacerdotes y religiosos. Un papa asesinado. Y elementos apocalípticos, aunque Ratzinger dijese lo contrario, como el ángel con la espada de fuego. En definitiva, estaríamos ante una profecía aún por cumplirse. Que ocurra ya es otra cosa. Y es que en materia profética los fiascos son brutales...


Mientras, Alí Agca, que recibió el perdón de Juan Pablo II por su intento criminal, dice sentirse un enviado de Dios. Por lo pronto, ha escrito una biblia donde expone sus delirantes ideas y se ha ofrecido para matar a Bin Laden. Además, también ha afirmado que contó con la ayuda de sacerdotes y cardenales del Vaticano para preparar el atentado contra el papa. ¿Está loco o se lo hace? ¿O pretende más bien crear confusión?... Al final, el gobierno italiano le concedió el indulto el 13 de junio de 2000. Pero actualmente cumple condena en una cárcel turca por antiguos delitos, donde permanecerá hasta el próximo año.

En suma, Fátima me parece, al igual que otros casos aparicionistas, un tremendo montaje fundamentado en las visiones alucinatorias de una niña sumamente crédula y adoctrinada por la Iglesia, en una convulsa época en que dicha institución necesitaba, urgentemente, potenciar el fervor popular. El actual santuario, cita de turistas, visionarios y fanáticos religiosos -cuatro millones y medio de peregrinos al año-, representa un monumento a la demencia y da buena cuenta de hasta dónde puede llegar la jerarquía eclesiástica en su intento por perpetuar las falacias sobrenaturales cuando realmente le interesa, que es casi siempre...

(Anexo)

TEXTO DE LA TERCERA PARTE DEL SECRETO DE FÁTIMA

"Escribo en obediencia a Vos, Dios mío, que lo ordenáis por medio de Su Excelencia Reverendísima el Señor Obispo de Leiria y de la Santísima Madre vuestra y mía.

Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora un poco más en lo alto a un Angel con una espada de fuego en la mano izquierda; centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el esplendor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él; el Angel señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Y vimos en una inmensa luz qué es Dios: 'algo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan ante él' a un Obispo vestido de Blanco 'hemos tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre'. También a otros Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran Cruz de maderos toscos como si fueran de alcornoque con la corteza; el Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas y medio tembloroso con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino; llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la Cruz había dos Angeles cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en las cuales recogían la sangre de los Mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios".