sábado, 22 de mayo de 2010

EL JARDÍN DE EPICURO: UNA VÍA HACIA LA ATARAXIA

EL FILÓSOFO GRIEGO EPICURO, DEFENSOR DEL MATERIALISMO

“Gocemos; sólo los días que consagramos al placer
nos pertenecen. Muy pronto no serás más que un
puñado de ceniza, una sombra, una ficción” .
(Persio, Sátiras, V, 151)


Religiones como el cristianismo nos enseñan que a través del sufrimiento se logra la evolución espiritual. La aflicción, la penitencia, el sacrificio, el ascetismo, la mortificación de la carne, la renuncia al placer… Cuestiones sacralizadas por Pablo de Tarso para convencernos de que cuanto mayor es el sufrimiento mayor será la recompensa eterna. La vida como una preparación para la muerte. “El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual. El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación”, señala aún hoy el Catecismo de la Iglesia católica
[1]. El cristiano ha de participar, de algún modo, en los padecimientos de Cristo si quiere salvar su alma. Debe huir de los placeres del mundo y aspirar únicamente a los placeres espirituales que le aguardan tras la muerte, y para conseguirlo tendrá que soportar estoicamente los tormentos de su particular vía crucis en este valle de lágrimas. De hecho, el mártir -según la Iglesia, el martirio es “el supremo testimonio de la verdad de la fe”-, entra directamente en el Reino de los Cielos. “Dejadme sed pasto de las fieras. Por ellas me será dado llegar a Dios”[2], escribió Ignacio de Antioquía, ilustre Padre de la Iglesia. Mientras que Basilio el Grande, obispo y Doctor de la Iglesia, afirmó: “Nosotros [los cristianos] presuponemos que no vale nada esta vida temporal y todo lo dirigimos a la consecución de una vida ulterior […] Lejos de nosotros servir al cuerpo, fuera de lo estrictamente necesario; antes demos siempre al alma la mejor parte, procurando redimirla de esa cárcel en que la tiene prisionera la compañía del cuerpo y de sus bajos apetitos”[3]

¡Cuánto daño han producido estas funestas ideas religiosas a lo largo de los siglos! ¡Cuántas mentes neurotizadas y vidas aniquiladas en pos de una quimera celestial!... Es en el idealismo platónico donde descubrimos la fábula del alma inmortal que sirvió de inspiración a todos estos esquizoides postulados que tienen como fin atormentar el cuerpo, despreciar los placeres y vendernos la falacia de que la verdadera vida no es sino la vida post mortem. En Platón -que ya se le vio su vena fanática al intentar quemar las obras del atomista Demócrito, algo que evitaron los pitagóricos Amiclas y Clinias- encontramos el rechazo al mundo material e inmanente, que consideraba una ficción, mientras que al mundo intangible lo ensalzaba y lo consideraba real
[4]. Esa tendencia idealista -presente en Pablo, Agustín de Hipona, Descartes, Kant, Hegel, etc.- se impuso sobre todas las filosofías materialistas, como la epicúrea, que quedaron sepultadas de forma miserable. Observamos cómo los manuales al uso de filosofía actúan como instrumentos ideológicos, imponiendo la línea idealista y silenciando la materialista, pese a la relevancia que tuvo en la antigua Grecia (recordemos nombres como Leucipo, Antístenes, Antifón, Protágoras, Aristipo de Cirene, Epicuro, Filodemo de Gadara, etc.). “El pensamiento mágico adultera la historiografía clásica de la filosofía. Por alguna extraña razón, los apóstoles de la razón pura y de la deducción trascendental comulgan con la mitología que crean, y luego la reproducen a la fuerza cuando enseñan, redactan artículos, transmitiendo, escribiendo y publicando las fábulas que, de tanto repetirlas, se vuelven verdades y palabras sagradas”, denuncia el filósofo francés Michel Onfray en su obra La fuerza de existir (Manifiesto hedonista)[5]. Próximamente haré un merecido homenaje a este genial pensador que ha puesto en jaque a la historiografía dominante, al rescatar del olvido a los grandes filósofos ateos, materialistas y hedonistas, con el fin de reivindicar el cuerpo frente al alma, el placer frente al ideal ascético y la pulsión de vida frente a la pulsión de muerte. Da fe de ello su extraordinaria Contrahistoria de la filosofía[6], de obligada lectura.

PLATÓN Y ARISTÓTELES, FILÓSOFOS MUY ALEJADOS DEL EPICUREÍSMO

El cristianismo -que siempre quiso convencernos de la imposibilidad de encontrar en este mundo la felicidad ya que sólo sería alcanzable en un imaginario más allá- se encargó de apagar de forma fulminante las luces de la filosofía materialista, que niega toda trascendencia y nos propone gozar de esta vida, la única existente. El epicureísmo, que dio una importancia capital a la búsqueda de la verdad racional, que negó la intervención en nuestro mundo de dioses que premian y castigan, que luchó contra las supersticiones religiosas, que reivindicó la pasión y el deseo, que quiso erradicar todo temor a la muerte, que proclamó la libertad humana, que despreció el sufrimiento y apreció el apego a la vida, fue una de las muchas corrientes filosóficas enterradas indignamente. Después de Pablo, que tanto odio mostró hacia lo terrenal, sobraba toda filosofía naturalista y antiplatónica. Se impuso así la teocracia cristiana, con su cultura intolerante y mortífera. “¡Ah, qué magnífica escena! ¡Cómo reiré y me sentiré contento y exultante cuando vea a esos sabios filósofos, que enseñan que los dioses son indiferentes y que los hombres no tienen alma, asándose y quemándose ante sus propios discípulos en el infierno!”, exclamó Tertuliano, combatiente apologista cristiano. Ahí tenemos el amor al prójimo que tanto predican…

En fin, hablemos del epicureísmo, con cuyos principios filosóficos me siento tan identificado.

JARDÍN VS. ACADEMIA

La rígida, elitista y cerrada Academia fundada por Platón compitió con el Jardín de Epicuro, que no imponía normas, no jugaba al secretismo esotérico, no enseñaba matemáticas ni lógica
[7], no participaba de la vida política[8] y permitía la entrada a mujeres y esclavos (la primera escuela filosófica que introdujo esa novedad). Cualquiera podía acceder al Jardín con total libertad y, además, el trato entre Epicuro y sus discípulos se fundamentaba en la amistad (philía) y no en la obediencia y en la subordinación, como otras escuelas de pensamiento. “Las relaciones entre el sabio y sus discípulos se desenvolvían en un ambiente de amistad y confianza, y en una atmósfera de libertad, consideradas casi como elementos de una terapia conducente a sanar los males del alma y a lograr la tranquilidad y el equilibrio inherentes al objetivo de alcanzar una vida feliz”[9], apunta Montserrat Jufresa, doctora en filosofía clásica. Todos formaban una única familia, compartiendo las enseñanzas filosóficas en plena naturaleza, en un ambiente afectuoso muy alejado de los problemas políticos y sociales que se respiraban en la capital (a diferencia de Platón, cuya filosofía estaba muy vinculada a la vida de la pólis)[10]. El propósito del epicureísmo, esencialmente vital y moral, era alcanzar la felicidad (eudaimonía) aquí y ahora, no tras la muerte; vivir gozosamente el presente, desechando todas esas ficciones sobre un pretendido más allá que tanto temor despiertan en el vulgo. El epicureísmo fue, por tanto, una filosofía realista, práctica y saludable, aplicable a la vida cotidiana.

En el año 306 a.C. -en pleno período convulso del mundo helenístico[11]-, el filósofo Epicuro (342-270 a.C.), originario de la isla de Samos, compró una finca denominada El Jardín en las afueras de Atenas, fundando allí su escuela filosófica[12]. En la entrada, se podía leer la siguiente inscripción: “Amigo, aquí permanecerás feliz; nuestro propósito es encontrar el placer”[13]. Un placer que nada tenía que ver con supuestas orgías y banquetes, como rumoreaban las malas lenguas (debido a la presencia de mujeres). El placer epicúreo se centraba principalmente en el rechazo del dolor y en el goce que produce filosofar con los amigos, compartiendo ratos agradables de conversación, de intercambio de ideas y de reflexiones profundas[14]. La filosofía usada como medicina para el alma. Según Epicuro, “cuando decimos que el placer es la única finalidad, no nos referimos a los placeres de los disolutos y crápulas […] sino al hecho de no sentir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma”[15]. Si existía algún anhelo en los epicúreos no era otro que comprender los fenómenos naturales desde lo racional. Buscar una explicación lógica del cosmos, sin recurrir a artificios metafísicos que angustien al hombre. Y eso es posible, decían, a través de los sentidos -que nos proporcionan una información veraz- y del buen uso de la razón. Con esas sólidas certezas sobre la realidad, que daría paso a la ciencia empírica, fue como estos filósofos construyeron su ética materialista. He aquí una de las grandes contribuciones de la epistemología epicúrea.

LOS EPICÚREOS PERSEGUÍAN LA SERENIDAD DEL ALMA

Desgraciadamente, de Epicuro -fiel heredero de la mecánica atomística de Demócrito- han sobrevivido escasas obras y algunas de ellas incompletas, pese a haber sido uno de los filósofos más prolíficos de la antigüedad clásica. Según sostienen los filólogos Carlos García Gual y Eduardo Acosta Méndez: “De los numerosos escritos de su fundador [del epicureísmo], uno de los filósofos antiguos de mayor producción literaria, no nos queda casi nada. Ni un libro del casi medio centenar de tratados [más de 300 rollos de papiro] que escribió Epicuro. Tan sólo breves fragmentos, algunas sentencias escogidas, y tres cartas o epítomes, preservadas por un azar feliz. La inclusión de éstas en la obra de un erudito historiador de la filosofía, Diógenes Laercio, a más de cinco siglos de distancia de Epicuro, las ha salvado del naufragio casi total de sus textos. La desaparición de la obra escrita de Epicuro ha sido en parte efecto de la desidia aniquiladora de los siglos, pero en buena parte también resultado de la censura implacable de sus enemigos ideológicos”[16]. Esos enemigos ideológicos fueron los platónicos, los estoicos y los cristianos. Entre esas obras perdidas, destacaba Acerca de la naturaleza, compuesta nada menos que por treinta y siete libros[17].

ATARAXIA

La base de la doctrina epicúrea estaba en la búsqueda del placer, pero siempre evitando el displacer. Ya advertía Epicuro que no se persiguiera un placer que más tarde pudiese ocasionar un resultado fastidioso. Hasta tal punto, que no era muy partidario del matrimonio y de la paternidad, pues consideraba que a la larga producen turbación en vez de placer, siendo un obstáculo para lograr la felicidad. Tener hijos requiere preocuparse excesivamente de ellos. Es un compromiso absoluto, por tanto el sabio debería librarse de ese tipo de responsabilidades cotidianas. ¿Los placeres sensuales?: por supuesto. Se debe gozar de ese regalo de la vida, pero ¡ojo!: evitando siempre que el deseo sexual -que según Epicuro es natural, pero no necesario- termine dominándonos. El desenfreno no conduce a la calma interior, pues todo exceso acarrea turbación. Así de sencillas eran las reglas filosóficas de Epicuro: nada que nos perturbe, sólo aquello que nos proporcione serenidad. Para este filósofo, existen cuatro causas que provocan angustia: el temor de los dioses, de la muerte, del dolor y las ideas falsas. ¿Su remedio o phármakon?: desterrar todo temor a los dioses y a la muerte, procurar el bienestar, evitar el dolor -o soportarlo con serenidad cuando no queda más remedio- y aproximarse a la enseñanza filosófica, para así garantizar el buen juicio y la salud del alma. Es evidente que para Epicuro, el conocimiento racional condiciona positivamente la moral humana, mitiga el dolor y conduce a la felicidad. Los temores engendrados por la ignorancia son erradicados cuando buscamos, por medio de la razón, las causas reales de los fenómenos de la naturaleza. En su Carta a Pitocles, el filósofo explica cómo se ocasionan los rayos y otros fenómenos celestes, anulando toda interpretación mítica. También rechaza la teología astral, o astrología, en su Carta a Herodoto. Para Epicuro, no existe ningún lazo de causalidad entre los astros y los seres humanos, como creían los platónicos. La conciencia queda así liberada de los miedos supersticiosos y logra la serenidad. “La tranquilidad del espíritu nace del liberarse de todos estos temores y del rememorar de forma continuada los principios generales y los preceptos fundamentales. Por tanto, hemos de atenernos a lo que está presente tanto en las sensaciones […], como en la evidencia inmediata de cada uno de los criterios. Si respetamos estos principios, conoceremos sin duda el motivo de nuestra turbación y nuestro miedo”, afirmó Epicuro, que murió a los 72 años con la misma serenidad con la que vivió, pese a los fuertes dolores que padeció durante dos semanas a causa de una afección en la vesícula. Antes de fallecer, el filósofo -considerado el último exponente materialista del mundo antiguo- se bañó en agua caliente y se tomó una copa de vino, despidiéndose de sus amigos, no sin antes recordarles que no olvidaran sus enseñanzas
[18]. Y lo cierto es que, desde su primer sucesor, Hermarco de Mitilene -autor de las obras Contra Platón y Contra Aristóteles-, supieron demostrar lealtad al sabio, pues su filosofía hedonista -que se propagó por el mundo romano a través de Lucrecio y Filodemo- duró casi siete siglos, concretamente hasta finales del siglo IV, cuando el emperador Teodosio decretó el Edicto de Tesalónica[19], quedando abolidas todas las filosofías paganas, mientras que la Iglesia cristiana adquirió la supremacía, impuso su verdad absoluta y convirtió en herético todo conocimiento contrario a su ortodoxia doctrinal (el materialismo perece en ese momento, pero resucita gloriosamente catorce siglos más tarde gracias a los filósofos de la Ilustración)[20].

EL ATOMISTA DEMÓCRITO

Según Epicuro, el alma es una sustancia corpórea compuesta por finas partículas y extendida por todo el organismo. La materia es indestructible. Todo se disgrega en componentes elementales: los átomos[21]. También el alma. Por tanto, el atomismo se carga de raíz toda ficción teológica. No hay lugar a lo sobrenatural. Si todo queda reducido a la materia -constituida únicamente por átomos y vacío, como propuso Demócrito-, no quedan opciones a realidades metafísicas, ni a teleologías cósmicas y mucho menos a la existencia de un más allá poblado de tenebrosos espectros. Sólo existe lo inmanente. Según Epicuro, el universo no tuvo un principio, sino que siempre ha existido y seguirá existiendo sin necesidad de un agente externo. “Más allá del universo no existe nada que, penetrando en él, sea capaz de producir un cambio”[22], afirmó el filósofo. Un universo eterno, autosuficiente y poblado de infinidad de mundos[23]. ¿Qué hizo frente a estas ideas la Iglesia cristiana una vez instalada en el poder?... Destruir las obras de los filósofos materialistas y calumniarlos: son viciosos, desvergonzados, inmorales, comilones, borrachos, fornicadores... Al parecer, carecían de mejores argumentos para rebatir las sólidas concepciones inmanentes. A Epicuro se le consideró un puerco y sus enseñanzas no debían figurar en ningún sitio (“Epicuri de grege porcum”[24]). Constantes campañas de acoso y derribo contra la filosofía epicúrea, cuanto no persecuciones contra aquellos que la defendían. Pretender deconstruir mitos religiosos y fábulas metafísicas conlleva esas reacciones viscerales… Pero la verdad es que Epicuro llevó una vida ejemplar, serena, saboreando cada segundo de esta existencia al saber con certeza que no nos espera otra. “Era amable con sus servidores, de una humanidad sin límites, gratificado con numerosos amigos, y capaz de compartir los escasos recursos del huerto del famoso jardín durante una hambruna en Atenas”[25], afirma el historiador Pascal Charbonnat. Se alimentaba únicamente con un mendrugo de pan y un trozo de queso. Y de beber, agua. ¡Esas eran sus comilonas! No necesitaba más para vivir. Con saciar el apetito y la sed le bastaba. Nada de sobrecargar el estómago. La vida en el Jardín era sencilla y frugal. Estaba regida por la austeridad. El propio Epicuro lo dejó bien claro: “No es la bebida, ni la comida, ni el sexo, sino el razonamiento juicioso lo que nos conducirá a una vida feliz”. He ahí la ataraxia (imperturbabilidad), que no es sino la serenidad mental, la paz interior, la completa ausencia de dolor. ¿Existe algo más espiritual que eso?... Sin embargo, la tradición idealista se encargó de desvirtuar la filosofía epicúrea presentándola como una obscenidad. El epicureísmo fue, como nos aclara el historiador sevillano Emilio Lledó, “uno de los mensajes más creadores del pensamiento filosófico que, por razones no muy difíciles de entender, ha sido manipulado y tergiversado por los que sintieron amenazada la mentira e hipocresía de la que se alimentan”[26]. Por su parte, García Gual afirma: “Con razón, creo, se ha dicho que ningún otro filósofo de la antigüedad ha sido tan calumniado como Epicuro, el materialista, el hedonista, el negador de la inmortalidad del alma y de la providencia divina, y, por tanto, el enemigo de la religión y del Estado”[27]. Por consiguiente, el virtuoso Epicuro, que defendía la vida, la paz, el placer, la libertad y la solidaridad, vilipendiado por aquellos que torturaban, asesinaban y seguían una doctrina que orbitaba en torno a la muerte. Y triunfaron estos canallas. Así es la condición humana…

Es interesante advertir que Epicuro no era ateo
[28]. Aseguraba que los dioses existen y habitan los espacios intercósmicos (intermundia), pero no se inmiscuyen en los asuntos humanos ni pertenecen a un mundo trascendente (“Si hay dioses, éstos no se ocupan de nosotros”, sentencia Epicuro). Participan de nuestra misma naturaleza, pero a un nivel más sutil, más perfecto. Por tanto, los dioses epicúreos no tienen nada que ver con los dioses tradicionales de las religiones ni tampoco con el demiurgo y los dioses que expone Platón en su Timeo, pues también se ubican en un mundo trascendente. Los dioses epicúreos, felices e incorruptibles, están perfectamente integrados en los principios inmanentistas de la filosofía natural. “No es impío quien suprime a los dioses de la mayoría, sino quien atribuye a los dioses las opiniones de esa mayoría. Porque no son prenociones, sino falsas suposiciones los juicios de la mayoría de los dioses. De ahí que los más grandes daños y provechos vengan de los dioses”[29], escribió el sabio.

LAS MUJERES PARTICIPABAN EN LA ESCUELA FILOSÓFICA DEL JARDÍN

La muerte, como los dioses, también produce enorme desesperación en el hombre. Los dioses sí podemos evitarlos, sencillamente no creyendo en ellos o negando la providencia divina, pero la muerte es una ley natural inexorable. Por eso, Epicuro recomienda que nos enfrentemos a ella con total naturalidad, sin el menor temor. En su Carta a Meneceo, leemos el siguiente consejo filosófico:

“Acostúmbrate a pensar que la muerte nada es para nosotros. Porque todo bien y mal reside en la sensación, y la muerte es privación del sentir. Por lo tanto, el recto conocimiento de que nada es para nosotros la muerte hace dichosa la condición mortal de nuestra vida; no porque le añada una duración ilimitada, sino porque elimina el ansia de la inmortalidad. Nada hay, pues, en el vivir para quien ha comprendido rectamente que nada temible hay en el no vivir. De modo que es necio quien dice que teme a la muerte, no porque le angustiará al presentarse, sino porque le angustia esperarla. Pues lo que al presentarse no causa perturbación vanamente afligirá, mientras se aguarda. Así que el más espantoso de los males nada es para nosotros, puesto que, mientras nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte se presenta, entonces no existimos. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque para aquéllos no está y éstos ya no son… El sabio, en cambio, ni rehúsa la vida ni teme el no vivir. Porque no le abruma el vivir, ni considera que sea algún mal el no vivir”.

EL EPICUREÍSMO, HOY

Es evidente que la filosofía epicúrea no está caduca. Al contrario, sigue siendo muy válida para llevar a la práctica, máxime en la turbulenta época actual -muy similar a la que vio nacer el epicureísmo
[30]-, donde hay tantas personas desorientadas, infelices y persuadidas por vanas supersticiones, buscando respuestas existenciales en lugares equivocados y dejándose guiar todavía por gurús, iluminados, videntes, sacerdotes y demás “traficantes de almas”; cuando no, se vuelven esclavas del consumismo y creen encontrar la felicidad obteniendo riquezas[31]. Epicuro proponía un sendero nada tortuoso para alcanzar el bienestar. Atravesarlo no requiere demasiado esfuerzo. Es un recorrido al alcance de cualquiera. Se trata de una filosofía liberadora, crítica, fundamentada en el saber científico y en la desmitificación de las creencias supersticiosas que enturbian nuestro pensamiento. Una filosofía que nos enseña a vivir plenamente el presente a través del noble uso de la razón. Ese es el materialismo que propugnaba Epicuro, muy alejado del materialismo nimio y ridículo que la historiografía dominante -prostituida por intereses ideológicos, preferentemente cristianos- nos ha presentado a modo de vulgar competidor frente a las propuestas platónicas y aristotélicas, que han sido propagadas como excelsas (aunque sirvieron más bien para constituir una visión mitológica del mundo). Un combate desigual y tramposo cuyo fin no era otro que demoler totalmente, una vez tergiversado y desacreditado, el pensamiento epicúreo. Con razón, Emilio Lledó manifiesta: “La sociedad de consumo que, en nuestro tiempo, ha creado el vacío disfrute de lo que no es ni natural ni necesario, y que ha establecido, como una melancólica meta de la insatisfacción, la ideología del tener, está completamente alejada del epicureísmo entendido como una teoría del ser […] La filosofía epicúrea fue revolucionaria porque intuyó el exceso y la enorme miseria a que tal exceso conducía: una atrofia creciente para los ideales de una democracia verdadera, y un amenazante empobrecimiento de la capacidad de reflexionar, de entender, de idear”.

EPICURO PROPUSO COMPRENDER LOS FENÓMENOS NATURALES MEDIANTE LA RAZÓN

Construyamos, pues, en pleno siglo XXI, nuestro propio jardín epicúreo para labrar nuestra libertad de pensamiento, vivir con el placer que produce investigar y cultivar la sabiduría -bios theoretikós-, disipar las vanas presunciones y protegernos del opresor y hostil mundo externo[32]. O sea, huir de la turbación y abrazar la ataraxia. Romper de una vez con el fatídico hechizo del dualismo platónico y liberarnos de los ilusorios fantasmas que suscita. Tener como guía a la propia naturaleza[33] y no dejarnos tentar por los placeres artificiales y efímeros que nos brinda la envilecida sociedad que nos rodea. Reivindiquemos una ética individualista y desechemos la doxa popular, como hizo el filósofo griego. Garantizaremos así nuestro bienestar mental y corporal. Y para que sea el propio Epicuro quien ponga el broche de oro a este tributo que he querido rendirle, leamos otro de sus sabios consejos:

“Que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven. Quien afirma que aún no le ha llegado la hora o que ya le pasó la edad, es como si dijera que para la felicidad no le ha llegado aún el momento, o que ya lo dejó atrás. Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que, aun envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad gracias a los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrando su serenidad frente al porvenir. Debemos meditar, por tanto, sobre las cosas que nos reportan felicidad, porque, si disfrutamos de ella, lo poseemos todo y, si nos falta, hacemos todo lo posible para obtenerla”.

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NOTAS:
[1] Párrafo 2015, pág. 545.
[2] Epístola a los Romanos.
[3] Exhortación a los jóvenes sobre la manera de aprovechar los escritos de los autores paganos.
[4] Es, sobre todo, en su obra Fedón, donde Platón expone claramente su idea sobre la inmortalidad del alma a través de un diálogo mantenido entre Sócrates, a punto de morir, y sus afligidos amigos.
[5] Editado en 2008 por Anagrama.
[6] Hasta el momento, se han publicado en castellano los siguientes volúmenes: Las sabidurías de la antigüedad; El cristianismo hedonista; Los libertinos barrocos; y Los ultras de las Luces. Todos editados en Anagrama.
[7] Ciertos conocimientos que se transmitían a través de la cultura helénica eran considerados superfluos por Epicuro, pues no conducían a la felicidad individual a diferencia de otros saberes.
[8] “El sabio no hará política”, manifestó Epicuro.
[9] Obras, Epicuro (Edit. Tecnos, 2008). Estudio preliminar, traducción y notas de Montserrat Jufresa.
[10] Lo mismo puede decirse de su discípulo Aristóteles, cuyo pensamiento político -negando la autosuficiencia del individuo, al que considera “animal cívico”, y propugnando que la filosofía debe estar al servicio de la comunidad ciudadana- era, obviamente, contrario a las enseñanzas epicúreas, que promovían la autarquía del sabio -el gobierno de uno mismo- y la no participación en las tareas comunitarias.
[11] Paul Nizan, en su obra Los materialistas de la Antigüedad (1938), describe a la perfección la situación que atravesaba Atenas en la época de Epicuro: “Entre el año 307 y el 261 se suceden cuarenta y seis años de guerras y alborotos; el gobierno cambia siete veces de manos, los partidos se disputan el poder, y la política exterior de Atenas se altera una y otra vez. En cuatro ocasiones un príncipe extranjero establece su mandato y modifica las instituciones. Tres movimientos de insurrección son sofocados sangrientamente. Atenas sufre cuatro asedios. Sangre, incendios, muertes, pillaje: es el tiempo de Epicuro”.
[12] “El sabio amará la campiña”, afirmaba Epicuro.
[13] En la búsqueda del placer (hedoné) hallamos la regla de oro de la ética epicúrea. “Decimos que el placer es principio y fin de la vida feliz. Al placer, pues, reconocemos como nuestro bien primero y connatural, y de él partimos en toda elección y rechazo, y a él nos referimos al juzgar cualquier bien con la regla de la sensación”, escribe Epicuro.
[14] “De los bienes que la sabiduría procura para la felicidad de una vida entera, el mayor con mucho es la adquisición de la amistad”, declara el sabio en sus Máximas capitales.
[15] Carta a Meneceo.
[16] Ética de Epicuro (Barral Editores, 1974).
[17] De Epicuro, únicamente nos han llegado tres cartas -dirigidas a Herodoto, Pitocles y Meneceo-, las Máximas capitales y las Sentencias vaticanas, que se componen de 81 fragmentos encontrados en 1887 en un códice del Vaticano, y que no son más que una serie de citas y de fórmulas de carácter ético. Por otro lado, debemos mucho al poeta y filósofo romano Lucrecio, ya que en su extenso poema De rerum natura ofrece claves fundamentales sobre el epicureísmo. Lo mismo sucede con ciertos textos de Séneca, Sexto Empírico y Filodemo.
[18] De este modo se despide en su Carta a Idomeneo, fragmento reproducido por Diógenes Laercio: “Mientras transcurre este día feliz, que es a la vez el último de mi vida, te escribo estas líneas. Los dolores de mi estómago y vejiga prosiguen su curso, sin admitir ya incremento su extrema condición. Pero a todo ello se opone el gozo del alma por el recuerdo de nuestras pasadas conversaciones filosóficas”.
[19] El Edicto de Tesalónica fue promulgado en el año 380, convirtiéndose el cristianismo en la religión oficial del Imperio romano. El texto rezaba así: “Queremos que todos los pueblos que son gobernados por la administración de nuestra clemencia profesen la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos, que hasta hoy se ha predicado como la predicó él mismo, y que es evidente que profesan el pontífice Dámaso y el obispo de Alejandría, Pedro, hombre de santidad apostólica. Esto es, según la doctrina apostólica y la doctrina evangélica creemos en la divinidad única del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo bajo el concepto de igual majestad y de la piadosa Trinidad. Ordenamos que tengan el nombre de cristianos católicos quienes sigan esta norma, mientras que los demás los juzgamos dementes y locos sobre los que pesará la infamia de la herejía. Sus lugares de reunión no recibirán el nombre de iglesias y serán objeto, primero de la venganza divina, y después serán castigados por nuestra propia iniciativa que adoptaremos siguiendo la voluntad celestial”.
[20] Es curioso que mucho antes del Siglo de las Luces, el gran poeta satírico y prosista Francisco de Quevedo (1580-1645), un enamorado de la cultura clásica, hiciera una notable apología del filósofo griego en su obra Defensa de Epicuro, publicada en Madrid en 1635. Paradójicamente, pretendía ver en el impulsor del materialismo atomista y hedonista a un filósofo cristiano, buscando puntos de conexión entre su modo de vivir austero y el estoicismo. Recomiendo la lectura de dicha obra que goza, en su edición de Tecnos (2008), de un excelente estudio preliminar por parte del eminente filólogo Eduardo Acosta Méndez.
[21] Epicuro explicó que los átomos, en sus trayectorias, colisionan entre sí, se desvían, caen en el vacío... Un movimiento libre y azaroso (el clinamen descrito por Lucrecio) que permite hallar una correlación entre la física y la ética, ya que deja margen a la libertad humana en un universo en apariencia mecanicista (a su vez, erradica de un plumazo la idea de un destino implacable que dirige nuestras vidas). Por otro lado, nos llama la atención la posible conexión que pudiera existir entre esa aleatoria desviación atómica que transforma la materia, propuesta por Epicuro, y el indeterminismo defendido por la física moderna.
[22] Carta a Herodoto.
[23] Lucrecio escribió lo siguiente: “Cuando la humanidad atemorizada bajo el peso de la religión, buscaba auxilio en el Olimpo, Epicuro se atrevió el primero a levantar los ojos al cielo sin asustarse de su aspecto. Ni la historia de los dioses, ni los rayos ni los truenos pudieron apartarle de su deseo de abrir las puertas del arcano de la naturaleza. Su alma atravesó los confines del mundo, y con la mente y el espíritu examinó el Universo para decirnos lo que puede ser y lo que nunca será; lo que es cada cosa y de dónde no puede pasar”.
[24] “Epicuro, cerdo entre los griegos”.
[25] Historia de las filosofías materialistas (Biblioteca Buridán, 2010).
[26] El epicureísmo (Taurus, 2003).
[27] Epicuro (Alianza Editorial, 1981).
[28] Aunque Clemente de Alejandría escribiera en su obra Stromata, y a modo de insulto, que Epicuro fue el “iniciador del ateísmo”.
[29] Carta a Meneceo.
[30] “Es innegable que las filosofías de la época helenística surgen de una terrible crisis social, histórica, pero la filosofía es siempre producto de una crisis”, puntualiza Carlos García Gual.
[31] Según Epicuro: “Muchos que obtuvieron riquezas no encontraron en ellas la liberación de sus males, sino un cambio de éstos por otros mayores”.
[32] “Cuando ya se tiene en cierta medida la seguridad frente a la gente, se obtiene, cimentada en esta posición y en la buena provisión de recursos, la más nítida seguridad, que proviene de la tranquilidad y del apartamiento de la muchedumbre”, adujo el filósofo en sus Máximas Capitales.
[33] “Todo placer es un bien en la medida en que tiene por compañera a la naturaleza”, afirmó el fundador del Jardín.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Moisés, he leido con mucho gusto tu nueva entrada. Muy interesante lo que cuentas de Epicuro y su filosofía. Estoy muy de acuerdo con esa forma de pensar y actuar. De nuevo te felicito por estas aportaciones tan interesantes. Un saludo, Laura.

Moisés Garrido dijo...

Gracias de nuevo, Laura. Un saludo.

Pablo dijo...

Estimado Moisés,

No comparto exactamente su crítica al cristianismo, aunque le advierto que le habla alguien sin vastos conocimientos acerca del mismo. No obstante, creo que el tratamiento del sufrimiento humano de la religión cristiana, a través de cuestiones como la penitencia, el martirio, el sacrficio etc. es verdaderamente interesante, pero que en esencia se trata de un camino de felicidad, no de sufrimiento, en el que el sufrimiento juega un destacado papel, pero no el fundamental.

Creo que es cierto que parte de la Iglesia ha transmitido el mensaje que usted transmite, y es bueno criticarlo y conocerlo, pero no es bueno confundirlo con el mensaje o la noticia esencial, que supera inimaginablemente la perspectiva que usted mantiene.

Desde mi también muy escasos conocimientos sobre el epicureismo, reconozco que me parece una corriente de pensamiento interesante.

Un saludo,

Pablo

Moisés Garrido dijo...

Gracias, Pablo, por su respetable opinión. El cristianismo contiene pensamientos nobles, como toda religión en su esencia. En el Evangelio podemos leer enseñanzas muy elevadas. Ni los ateos dudamos eso. Pero también observamos que las religiones predican una cosa y hacen lo contrario. Y el cristianismo, precisamente, no es ejemplo de religión virtuosa. No hay más que echar mano de su historia, tanto pasada como reciente. Le invito a que profundice en el tema. Un saludo, Moisés.

Anónimo dijo...

Que bueno descubrir este blog, y que bueno saber mas de Epicuro.