martes 18 de enero de 2011

"LA QUIMERA DE LOS DIOSES": FABULOSO ENSAYO SOBRE LA FALSEDAD DE LAS RELIGIONES

Me producen verdadera lástima esas personas que aseguran no leer por falta de tiempo. En algunos casos probablemente sea cierto, pero la mayoría usan ese pretexto para disimular su desinterés por la lectura. Lo asombroso es que hay muchas personas con buenas carreras universitarias que dejaron de interesarse por los libros cuando finalizaron sus estudios. Es como si en aquel momento de sus vidas se vieran forzados a estudiar para labrarse un buen porvenir económico, y ya luego les produjera urticaria tener un libro en sus manos. ¡Pobres! No hay nada como la curiosidad por aprender, el placer que produce saber cosas nuevas, ampliar los conocimientos que uno posee, contrastar datos e ideas, enriquecerse intelectualmente y manejar información fidedigna. Leer un libro debería ser tan imprescindible como comer o respirar. Es, sin duda, la mejor medicina para nuestro cerebro. Una buena dosis diaria de lectura es altamente recomendable y, además, no contiene contraindicaciones. Bien es cierto que Internet nos ofrece hoy día una gran posibilidad para estar medianamente informados sobre cualquier tema, pero nunca debería reemplazar la lectura de una buena obra científica, filosófica, histórica o literaria. Digo esto no solo porque yo sea un lector empedernido -que lo soy y estoy orgulloso de ello- y experimente el placer que produce una buena lectura a quienes tenemos curiosidad por saber cada día un poquito más, sino porque un buen libro se convierte en un amigo fiel para toda la vida. Cuando uno concluye la lectura de un libro que merece la pena, sabe que volverá a tenerlo en sus manos más de una vez y no quedará destinado a ocupar un rincón perdido de la biblioteca de casa. Lo consultará en reiteradas ocasiones. Y eso me ocurre con las obras que enumero en este blog y con muchísimas más, por supuesto. La lista se haría interminable.

Precisamente, el pasado 10 de enero terminé la lectura de uno de esos libros que dejan una profunda huella. Su título: LA QUIMERA DE LOS DIOSES (Visión Libro, 2010). Su autor: Francisco Aguilar Piñal (Sevilla, 1931). De su impresionante curriculum, destacamos que es doctor en Filosofía y Letras (Sección de Filología Románica); profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid (1967-70); Investigador y profesor de Investigación hasta su jubilación en el Instituto Cervantes, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), con sede en Madrid; doctor ‘vinculado ad Honorem’ en el nuevo Instituto de Filología española; Académico de las Academias de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Córdoba (1968), de la Hispanoamericana de Ciencias, Letras y Artes de Cádiz (1969), de Ciencias, Bellas Artes y Buenas Letras ‘Vélez de Guevara’ de Ecija (1970); Miembro directivo (1973) y de Honor (2001) del Instituto Feijoo de Estudios del Siglo XVIII, de la Universidad de Oviedo; Socio Numerario (1990) y de Honor (2002) de la Sociedad Española de Estudios del Siglo XVIII; además, ha sido condecorado con la Encomienda de Alfonso X el Sabio, concedida por S. M. el Rey D. Juan Carlos I; ha colaborado en numerosas revistas de Humanidades; ha participado en diversos congresos organizados por el CSIC; ha sido conferenciante, ponente y autor de decenas de artículos, ensayos, monografías, libros, etc.

Pero hay algo que no aparece en su vasto curriculum de 68 páginas. Y es que Francisco Aguilar Piñal es un convencido racionalista y ateo. No lo ha sido siempre, como confiesa en La quimera de los dioses. Fue su pasión por el conocimiento científico y su particular búsqueda de la verdad lo que le llevó poco a poco a desprenderse de los memes religiosos que heredamos desde nuestra más tierna infancia. No le resultó nada fácil. Y sé a qué se refiere, pues yo he pasado por ese mismo proceso deconstructor y soy consciente de la dificultad que entraña despojarse de tantas falsas creencias hasta desembocar, por fin, en el ateísmo. Pero ahí no acaba el problema, pues aún hoy, decir abiertamente que uno es ateo y que las religiones son una patraña, no solo es navegar contra corriente, sino convertirte a su vez en un incomprendido para familiares y amigos, además de ganarte la desconfianza y enemistad de mucha gente. Lo sé por experiencia propia. Pero ¿acaso importa? La felicidad que proporciona despojarse de tantas falacias y caminar teniendo como única guía la luz de la razón es inmensa. “No hay mayor felicidad que la fidelidad a la propia identidad, el descubrimiento del error, del engaño y de la falsa verdad, la liberación de los ‘memes’ religiosos que condicionan nuestra vida, sobre todo la absurda noción de pecado, con que nos intimidan los predicadores del bien, hipócritas casi siempre”, afirma Aguilar Piñal en el prólogo de su excelente libro, cuyo medio millar de páginas nos ofrece un fascinante viaje a través de las actuales teorías científicas, en campos como la neurología, la biología y la cosmología, que dejan en entredicho cualquier postulado animista y teológico. “Cuando la ciencia va descubriendo uno tras otro, con insobornable tenacidad, los misteriosos arcanos de la vida, se hace innecesario acudir a soluciones sobrenaturales”, asegura.

Tengo la fortuna de tener amistad con el autor, aunque se haya labrado a través del frío correo electrónico, pues aún no tenemos el gusto de conocernos en persona. Aún así, compartir las mismas inquietudes intelectuales, leer a los mismos autores, sentir la misma predilección por los filósofos ilustrados (especialmente por el Barón d’Holbach) y defender las mismas ideas ateas, humanistas y laicas, ha servido para que esa amistad desde la distancia fructifique y por mi parte se haya visto de sobra recompensada cuando tuvo la gentileza de enviarme un ejemplar dedicado de La quimera de los dioses. Fruto de esta incipiente amistad es también la entrevista que le propuse hace unos días y que amablemente ha aceptado. En estos momentos estamos preparándola y muy pronto verá la luz en este blog.


LA CIENCIA, CLAVE PARA COMPRENDER EL MUNDO

La lectura de La quimera de los dioses es fundamental para todo inquieto buscador de la verdad. Si algo caracteriza esta obra es que no deja fuera de sus páginas nada que tenga que ver con la ciencia, la filosofía, la teología y las religiones, especialmente el cristianismo. Es una verdadera enciclopedia del conocimiento, enfocada en todo momento desde la razón, lo que por otro lado demuestra la capacidad intelectual de su autor, amén de sus amplios conocimientos en multitud de temas complejos y su agudeza reflexiva a la hora de examinar cuestiones tan delicadas como son las creencias religiosas. La amplia documentación que maneja queda de sobra constatada por las innumerables referencias bibliográficas que incluye a lo largo de su contenido.

La obra está estructurada en tres partes. La primera se centra en el misterio de la vida. El autor repasa los conocimientos adquiridos hasta ahora sobre el universo y la conciencia humana. Y se muestra tajante cuando dice: “Los avances científicos del último medio siglo convierten a las religiones tradicionales en algo absolutamente incompatible con la verdad científica”. No hay más que adentrarse por los derroteros de la biología evolucionista, de la genética molecular y de las neurociencias para percatarse de lo inconsistente que resulta la idea de un dios creador. Lo mismo ocurre si enfocamos el problema desde la cosmología moderna, que sugiere un universo sin principio ni fin. Todos estos asuntos se abordan ampliamente en esta primera parte, en la que se aclara asimismo que la conciencia es algo puramente material y se reduce a la actividad de nuestro cerebro. No existe el alma, a no ser que denominemos de ese modo a la conciencia. Ya decía Ortega y Gasset que “el alma no es una hipótesis metafísica, sino una actividad cerebral”.

La segunda parte trata de la invención de los espíritus. Hago especial hincapié en este bloque central de la obra porque lo considero esencial para comprender el objetivo que se marcó el autor al elaborar La quimera de los dioses. Es en este apartado donde se repasan a fondo los mitos de la divinidad, del alma, de la inmortalidad, de los ángeles y demonios, así como de las revelaciones. Su aviso es claro: “Cualquier persona que intente hacer valer su razón y los incesantes hallazgos de la Ciencia sobre los desvaríos de la imaginación, por encima de sentimientos y creencias, habrá de entablar una titánica lucha contra el resto de la sociedad que sigue creyendo en dioses, ángeles, demonios, almas y demás espíritus creados por la fantasía humana”.

La tercera y última parte desemboca en la quimera dañina de las religiones, efectuándose un detallado repaso de las religiones politeístas y su evolución hacia los monoteísmos que aún siguen vigentes, del papel que ha jugado el dios bíblico y de lo que han significado Jesús de Nazaret y la cristiandad a lo largo de la historia (así como el judaísmo y el islam). El autor no puede dejar de mencionar los horrores de las Cruzadas y de la Inquisición, las persecuciones y guerras religiosas, la tiranía de los papas, etc. “La intransigencia católica -coherente con su creencia en que el dios que predica es el único verdadero- ha sido la causante de los más sangrientos hechos en la historia de nuestra civilización. Ha desencadenado guerras teológicas, ha perseguido con saña a los disidentes, ha combatido a los infieles en las Cruzadas medievales, en la moderna Inquisición y en las guerras civiles de nuestro tiempo”, nos recuerda.

LAS RELIGIONES PROVOCAN COMPORTAMIENTOS IRRACIONALES

No es mi propósito seguir desmenuzando el contenido de la obra, sino sencillamente animarles a que la lean porque verdaderamente merece la pena. Lástima que no haya tenido el eco mediático que requiere un libro de esta categoría. Quizá eso lo haga más especial que aquellos que se convierten en excesivamente comerciales. La cuestión es que tenemos muchos libros racionalistas y críticos con las religiones escritos por autores extranjeros que, afortunadamente, ya se traducen al castellano desde hace años. Richard Dawkins, Sam Harris, Michel Onfray, Daniel C. Dennett, Christopher Hitchens y Michael Shermer son algunos de ellos. Pero aquí en España no contamos con escritores tan ilustres en ese terreno, salvo Gonzalo Puente Ojea, Pepe Rodríguez y unos pocos más. Por tanto, Francisco Aguilar Piñal entra por la puerta grande de los autores ateos españoles con La quimera de los dioses. Y por ese motivo, un servidor le apoya incondicionalmente desde este blog.

LA QUIMERA DE LOS DIOSES en La Casa del Libro:
http://www.casadellibro.com/libro-la-quimera-de-los-dioses-ojos-que-no-ven-corazon-que-no-quiebra/1798625/2900001399412

CURRICULUM VITAE de Francisco Aguilar Piñal:
http://www.siglo18.org/pdfs/francisco_aguilar.pdf

1 comentarios:

Juan Antonio Fernández dijo...

Totalmente de acuerdo contigo, amigo Moisés. El problema es que las Universidades son fábricas de lo que alguien denominó "grandes especialistas incultos". Personas, expertas en muchos casos, que saben mucho de su especialidad, pero solo eso. No se enseña el amor a la Ciencia, la cultura o la razón. Simplemente, no está en el temario de ninguna asignatura. Que yo sepa, esto ocurre en casi todas las Universidades del mundo y los sistemas educativos de todos los países a todos los niveles. Y ya vemos hacia donde nos dirigimos con el Plan Bolonia. Como cada Universidad saca sus propios contenidos, ya comienzan a haber cursos de astrología, homeopatía, etc. Una pena.

Además, las Universidades se limitan a enseñar materia, de forma individual y sin conexión apenas entre asignaturas o contenidos que permita ver una panorámica real de lo que estás aprendiendo. Sólo en los últimos cursos, algunos nos damos cuenta de lo que realmente hemos estado estudiando.

Saludos.