
Hace unos días, el Festival de Teatro de Mérida tuvo que retirar esta foto realizada por Sergio Parra para la exposición Camerinos porque muchos católicos decían sentirse ofendidos. "En el ánimo del Festival jamás ha estado ni estará la intención de ofender, insultar ni vulnerar los derechos individuales o colectivos de nadie", declararon la actriz Blanca Portillo y la productora Chusa Martín, directoras del Festival. Mientras, el fotógrafo confesó que “debo ser un alma cándida, porque ni por lo más remoto pensé que esa foto pudiera generar polémica o malestar”. No es la primera vez que algo así ocurre. El fotógrafo Jam Montoya recibió numerosas amenazas, insultos e incluso querellas por un “delito contra los sentimientos religiosos”, a raíz de la publicación de un libro con fotografías en las que combinaba escenas religiosas y de sexo. También los católicos se sienten muy ofendidos cuando el humorista Leo Bassi parodia al Papa (el actor sufrió un intento de atentado en Madrid por ultra-católicos) y por la celebración del Concilio Ateo de Toledo (sus organizadores tuvieron que pedir protección policial por las amenazas de muerte recibidas).
Con qué facilidad se ofenden últimamente los católicos, acostumbrados a la impunidad de la que han gozado durante tanto tiempo, cuando la Iglesia detentaba un poder hegemónico que la convertía en intocable y había que ser obediente y sumiso frente a ella para salvar el pellejo y hasta el alma. Piden respeto, siendo como son adeptos y defensores de una Iglesia asesina (en el pasado), dogmática, reaccionaria, represora, exclusivista y discriminatoria (aún en el presente). Piden respeto para una Iglesia encabezada por un Papa integrista que, en su fracasada última visita a Reino Unido, comparó el ateísmo con el nazismo (?). O sea, la Iglesia sí puede faltar al respeto de aquellos que no comulgamos con su sectarismo. Pero, en cambio, encubre a los pederastas que tiene en sus filas, evitando hasta ahora que fuesen juzgados en tribunales civiles (léase el infame documento Crimen Sollicitationis). A la Iglesia le preocupa más anatemizar a los ateos e increyentes que denunciar a esos sinvergüenzas (¿acaso ser miembro del clero otorga inmunidad judicial?).

EL CÓMICO LEO BASSI IMITANDO AL PAPA
Los católicos piden respeto hacia una Iglesia que tanto ha ofendido la dignidad humana desde que en el siglo IV se instaló en el poder, persiguiendo, torturando y matando en nombre de Dios a quienes consideraba infieles y herejes. No olvidemos que las mismas barbaridades que hoy hacen los extremistas islámicos, lo hacía la Iglesia católica en la Europa medieval. Sus motivaciones han sido siempre las mismas, llámese entonces Santa Cruzada o ahora Yihad. No en vano, leemos en la Biblia y el Corán amenazas de muerte hacia los no creyentes y demás impíos. Y se nos pide a los ateos respeto y que no ofendamos con nuestras palabras... Es curioso que aquellos que criticamos los excesos y las mentiras de la Iglesia -que como grupo de poder político y económico no puede ser más anticristiana-, se nos tache de fundamentalistas. Eso me provoca risa. Me recuerda al entorno abertzale cuando califica de terroristas a los jueces que condenan a los etarras asesinos. ¿El mismo fanatismo pero con diferente ropaje? No quiero pensarlo… “El religioso moderado, al no seguir la palabra del libro sagrado al pie de la letra y tolerar la irracionalidad de quienes sí lo hacen, traiciona por igual a la fe y a la razón. La moderación religiosa nunca servirá de guía mientras no cuestione los dogmas básicos de la fe”, sostiene Sam Harris en El fin de la fe. Y es que un católico moderado e inteligente -por fortuna, los hay- debería avergonzarse a la hora de defender a una Iglesia que tanto tiene que callar; que va predicando moral y ha sido la más inmoral de todas las religiones existentes; que aconseja a sus siervos ser humildes y está forrada hasta las trancas; que pretende unir fe y razón, pero sigue adoctrinando con antiguos mitos y supersticiones; que se posiciona en contra de la violencia, pero le gusta codearse con dictadores asesinos; que habla de amor al prójimo y luego es homófoba; que tanto ensalza a la Virgen María, pero persiste en su misoginia al negar tajantemente que la mujer acceda a la jerarquía… ¿Qué tiene de especial, por tanto, la Iglesia para ser respetada y no criticada? ¿Acaso la Iglesia respeta el estado aconfesional defendido por nuestra Constitución española? ¿Por qué debo respetar a la Iglesia si sus dogmas me parecen un insulto a la inteligencia y son contrarios a la evidencia científica? ¿Por qué, si la Iglesia no quiere ser criticada, se dirige cuando habla al conjunto de la sociedad y mete sus narices en la vida de los demás? ¿Qué autoridad tiene para decidir qué está bien o qué está mal y qué es moral o inmoral? ¿Qué razones hay para mostrar un respeto reverencial hacia la religión? ¿Por qué todavía se piensa ingenuamente que se necesita la religión para ser buena persona? ¿Por qué los ateos debemos permanecer callados y los católicos no? ¿Por qué los católicos moderados, que son los primeros que deberían ser críticos con la Iglesia, miran hacia otro lado, justificando así lo injustificable? Como bien señala Richard Dawkins en su extraordinaria obra El espejismo de Dios: “Una suposición general, que acepta casi todo el mundo en nuestra sociedad, es que la fe religiosa es especialmente vulnerable a la ofensa y que debería ser protegida por un muro de respeto inusualmente grueso, de una forma diferente al respeto que todo ser humano debería prestar a los demás”.

LAS NOCHES OSCURAS DE S. JUAN DE LA CRUZ (Foto de Jam Montoya)
Pues bien, ya es hora de plantar cara, de llamar a las cosas por su nombre, de criticar con total libertad tantas cosas criticables que hay en la religión y de mostrar nuestra más absoluta indignación ante las falacias, perversiones y excesivos privilegios de la Iglesia católica, de la misma manera que nos indignamos por la corrupción política y por muchas otras injusticias que observamos a nuestro alrededor. La Iglesia tiene que acostumbrarse de una vez por todas a recibir duras críticas (bien merecidas) y los católicos a la confrontación dialéctica con aquellos que tenemos opiniones contrarias, empezando por aceptar que los agnósticos, ateos y apóstatas existimos y tenemos cosas que decir. Y seguiremos diciéndolas mientras las religiones mantengan una actitud intolerante y hostil, debiliten el intelecto, jueguen con las esperanzas ajenas, pretendan controlar la educación, menosprecien las libertades individuales y sigan provocando tanto derramamiento de sangre. Si criticar todo eso es ser fundamentalista, entonces lo soy. ¿Cómo llamar entonces a los que matan en nombre de Dios o de Alá?... Seamos serios y coherentes, por favor. Y más, en un tema tan delicado como el que nos ocupa, pues hasta las creencias más inocuas pueden tener al final funestas consecuencias. Por el bien de todos, la fe -que es totalmente legítima- no puede seguir siendo por más tiempo inmune a la crítica. Ya es hora que deje de ser un tema tabú. Los creyentes moderados, que yo considero personas razonables y honestas con las que se puede dialogar -aunque basen su fe en frágiles e ilusorias argumentaciones-, no deberían quedarse de brazos cruzados, pasando por alto conductas sectarias y sin apenas dar importancia al hecho de que sus creencias sean manejadas por individuos radicales capaces de hacer peligrar en cualquier momento la convivencia humana. Alguien podría decirles que, en cierta manera, se convierten en cómplices por no condenar tales comportamientos. Y eso suena muy duro. Si piensan que sus enemigos somos los ateos, los que promovemos el humanismo laico y defendemos el laicismo, están muy equivocados. Nuestra batalla se libra en el terreno filosófico, en el debate intelectual. No deberían olvidar que nadie mata en nombre del ateísmo, pero sí en nombre de Dios. Y mientras haya religiones habrá guerras de religión. Están ciegos quienes defienden que las religiones garantizan la paz y la concordia entre los hombres. ¿Serían capaces de poner un solo ejemplo?... “La religión lo emponzoña todo, advierte el filósofo Christopher Hitchens. Además de ser una amenaza para la civilización, ahora se ha convertido en una amenaza para la supervivencia del ser humano”. Por consiguiente, los creyentes moderados deberían abrir bien los ojos, ya que sus enemigos los tienen más cerca de lo que imaginan. Y son enemigos de todo hombre de bien, sea creyente o no. Tomemos conciencia de ello si queremos vivir en paz aquí y ahora, no en un ficticio más allá.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada